“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo Murió por nosotros” (Rm 5,8)
En la reflexión anterior sobre el triduo pascual, se plantearon algunos detalles acerca de la simbología empleada en estos días de pascua, por parte de la liturgia propia para las festividades, las cuales enriquecen la celebración de la comunidad. La Resurrección ha marcado la conciencia de la comunidad de creyentes en el encuentro personal con Jesús. Esta comunidad había perdido la esperanza y estaba dispersa, iban por el camino sin encontrar una respuesta a lo sucedido, ellos tenían su esperanza puesta en un profeta que los desilusionó (Lc 24,13-24) Este panorama desolador es el reflejo de una comunidad que había empezado a dudar de su fe, su entendimiento estaba nublado, su corazón era tardó para comprender, no entendían lo sucedido (Lc 24,25-26)
Pero, al ir acercándose a Jesús e ir tomando conciencia de su presencia e ir profundizando en las Escrituras, hacen eco de la memoria en la resiliencia y comienzan a perfilar su caminar hacia el encuentro con Jesús (Lc 24, 27-28) Con este acontecimiento del encuentro con la Palabra pronunciada por Jesús, se da inicio al caminar del discípulo, empieza el cambio, poco a poco se va transformando su corazón y se abre el panorama de su entendimiento, no sólo es un profeta más que murió, sino que ahora, es Jesús el Hijo de Dios que ha Resucitado (Lc 24,30-35)
Pero a pesar de este testimonio sobre la Resurrección, nosotros los cristianos, hoy nos sentimos estancados en el quehacer de nuestra vida; para nosotros Jesús sigue crucificado, seguimos llorando al muerto y no nos hemos dado cuenta que Jesús ya resucitó (Lc 24, 35; Cfr. Jn 20,19-31) Por esta razón, no proponemos alternativas, nos hemos quedado estancado en verdades inútiles, seguimos repitiendo el mismo discurso sin novedad, sin preparación y sin propuesta, hacemos procesiones y alimentamos la piedad popular sin formación, conducimos a la gente a la pastoral de conservación, nuestras predicaciones son vacías y no transforman los corazones de los oyentes.
Cuando los primeros cristianos salieron a predicar llevaban mensajes de salvación, anunciaban el mensaje Kerygmático - pascual. Con la novedad de la predicación de los primeros cristianos se transformaban los corazones: Por la predicación de Pedro, surge un cuestionamiento y un cambio: ¿Qué tenemos que hacer hermanos? (Hec 2,37) Y una alternativa dada (Hec 2,38) Cuando Juan predica un bautismo de conversión, suscita un cambio y un cuestionamiento: ¿Qué tenemos que hacer? Y enseguida una alternativa (Lc 3,1-17)
Frente a la predicación nuestra ¿qué suscitamos nosotros?, es triste decirlo, prácticamente nada, no hemos logrado que la gente por lo menos nos crea que Jesús ha resucitado, que el Hijo de Dios está vivo y que nos invita a cambiar de vida, que debemos ser perfectos como nuestro Padre es perfecto (Lc 6, 36) que debemos ser portadores de las bienaventuranzas de Jesús (Mt 5-13).
Pero en realidad, qué es lo que encontramos en nuestras predicaciones: Normas, leyes, decretos, mandatos, farándula y otros temas sin espíritu, es necesario revaluar esto. No estamos actualizando el mensaje pedagógico del Resucitado, las Sagradas Escrituras es la gran ausente de nuestras predicaciones, de la pastoral, de la catequesis; predicamos a un Dios vacío. Desconocemos lo fundamental del itinerario del pueblo de Dios transformado por su cercanía con Dios, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento, no hemos interiorizado el mensaje de las Escrituras.
Jesús resucitado se le presenta a la comunidad, le ofrece la paz y los envía a predicar, ellos ven y creen; pero Santiago está ausente al igual que los peregrinos de Emaús, incrédulo y sin esperanzas, estaban lejos de las Escrituras, no habían comprendido la pedagogía de Jesús. Jesús nuevamente toma la iniciativa, se hace presente en la comunidad, les explica el sentido de su presencia a través de las Escrituras. Da gracias al partir el pan, muestra sus heridas en las manos y su costado abierto, para que viendo crean y creyendo puedan anunciar a Jesús Resucitado. Por la incredulidad de los discípulos, Jesús les recalca su poca fe y su tardanza para entender: “¡Qué poco entienden ustedes y qué lentos son sus corazones para creer todo lo que anunciaron los profetas!” (Lc 24,25) Y también les recalca la incredulidad que ellos presentan frente a la presencia del Resucitado: Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. “Los otros discípulos le dijeron: «Hemos visto al Señor.» Pero él contestó: «Hasta que no vea la marca de los clavos en sus manos, no meta mis dedos en el agujero de los clavos y no introduzca mi mano en la herida de su costado, no creeré” (Jn 20,35)
Esta es la incredulidad en nuestras predicaciones, no lo hacemos con convicción, necesitamos pruebas, nuestra creencia es difícil de anunciar, somos un pueblo carente de fe en muchos aspectos, necesitamos en este mundo globalizado, pruebas de la existencia de la resurrección: “Después dijo a Tomás: «Pon aquí tu dedo y mira mis manos; extiende tu mano y métela en mi costado. Deja de negar y cree.» Tomás exclamó: «Tú eres mi Señor y mi Dios.» Jesús replicó: «Crees porque me has visto. ¡Felices los que no han visto, pero creen!»” (Jn 20,27-29)
Felices los que crean sin pruebas, los que anuncian y viven desde la Fe del Resucitado, pero ¿es qué ya no arde nuestro corazón por la realidad de la Resurrección?: “¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24,32) ¿Por qué hoy no lo reconocemos al partir el pan? (Lc 24,30-31) ¿Por qué nuestras Eucaristías son monótonas y rutinarias? Seguimos rubrizados, el culto a Dios es estáticos, hemos perdido la creatividad en las celebraciones, esto ha ido paulatinamente matando la simbología sacramental e incluso la predicación acerca de la muerte de Jesús se hace más atractiva que la Resurrección.
Mientras que la resurrección de Jesús es símbolo de la vida, de la luz, de la novedad de la pedagogía de Jesús, de la creatividad y de la dinamicidad en la liturgia. Nuestras celebraciones son eso simple celebración. Mantener el sentido de la muerte en la liturgia, es símbolo de la oscuridad, del estatismo, es caer en el sin sentido de lo que celebramos y las comunidades siguen huérfanas en la fe, siguen sin el Resucitado, no hemos educado a la comunidad en la fe, mantenemos nuestro mutismo en la fe.
Perdimos el horizonte pedagógico de la presencia de Jesús en nuestro caminar, no nos hemos hecho discípulos, no tenemos los rasgos, ni las condiciones del discípulo: 1-) Para que estuvieran con él (Mc 3,13); 2-) Que tengan autoridad para sanar enfermedades ( Mc 3,15); 3-) Y ser testigos de la resurrección (Hec 1,22) Al no cumplir con estos rasgos seguimos anunciando que el profeta ha muerto.
La resurrección de Jesús es el camino a la conversión, es el camino del discípulo, es el camino de la comunidad, es el camino de la fe, es el camino donde se forman los discípulos testigos de la Resurrección. Hoy nosotros partimos de esta acontecimiento salvador, continuando con la misión del encomendada por el Resucitado y no quedarnos con los ojos puestos en el cielo suplicantes sin esperanzas, sino que vendrá a mostrarnos el camino de la esperanza: “¿Qué hacen mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido llevado al cielo, así mismo vendará como lo han visto ir al cielo” (Hec 1,11)
“Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación” (Rm 5,11)
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