lunes, diciembre 11, 2017

XXIII. APOCALIPSIS


APOCALIPSIS 22

Renovación de la creación y del árbol de la vida (Ap 22,1-2)


En la etapa final de la narración del libro, se recrean muchas imágenes ya descritas a lo largo del libro, estas imágenes se colocan secuencialmente en una sola imagen: La pureza que sale del Trono de Dios y del Cordero en el que la creación se ha renovado; el árbol de la vida no está prohibido para las creaturas moldeadas en el nuevo barro de la Pascua y de la esperanza.
El caos que causó el pecado queda en el pasado, se empieza a restaurar el orden, en consecuencia todo es nuevo: La nueva creación, la ciudad, el árbol de la vida, ha empezado a dar frutos cada mes en la ciudad y sus hojas sirven para sanar. Los hombres han sido revestidos de Cristo, son nuevas criaturas: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, he aquí, son hechas de nuevo” (2Cor 5,17).
Las imágenes que se describen el pasado, el presente y la esperanza del futuro son tomadas de la tradición Veterotestamentaria, ya insertadas en el libro, son de Ezequiel, Génesis, Los Salmos. Por ejemplo, en Ezequiel (Cfr. Ez 47,1; Zc 14,8) se recrea la imagen del rio que sale del templo con un matiz diferente en el libro del Apocalipsis, porque aquí nace del nuevo templo que es el Trono de Dios y del Cordero; otro ejemplo de recreación de imagen es del Génesis al describir el árbol de la vida (Gn 2,10) aquí está prohibido para el hombre, en cambio, en Apocalipsis se le da plena libertad al hombre de alimentarse e integrarse con él (Cfr. Ap 22,2.19; Sal 46,4; Gn 2,9).

Lo central de esta inserción de imágenes es la figura que quiere mostrarnos: Todo es nuevo y hay un árbol de la vida disponible para las nuevas criaturas de Dios y está novedad es novedad por el culto dado en Espíritu y vida porque ha sido purificado de todo tipo de idolatría (Cfr. Jn 4,10.14) brotando de esta purificación manantiales de agua viva (Cfr. Jn 7,37-38; Is 12,3).
Ahora bien, el árbol crece en el centro de la ciudad, da fruto cada mes, sus hojas son para la sanación y el olvido del pasado porque allí se originó el pecado que destruyó la vida y el paraíso; en esta renovación con el árbol de la vida se revelan los símbolos de libertad y de perdón, porque su fruto y sus hojas sanan las heridas causadas por el pecado: “A la vera del río, en sus dos riberas, crecerá toda clase de frutales; no se marchitarán sus hojas ni sus frutos se acabarán; darán cosecha nueva cada luna, porque la riegan aguas que manan del santuario; su fruto será comestible y sus hojas medicinales” (Ez 47,12).
El árbol de la vida es el símbolo que recrea la nueva creación en la ciudad santa, porque en ella no hay espacio para la muerte, solo la vida tendrá lugar, porque la enfermedad del poder, de la mentira, del odio, de la violencia, de los apegos egoístas, de cultos vacíos en una piedad sentimentalista que raya en el fanatismo. Todo esto, en la ciudad de Dios, ha sido remplazado por la novedad de la vida que ha brotado en la pedagogía de la Cruz.

Dios el Señor les dará su luz (Ap 22,3-5)

Hagamos memoria de lo que proclamamos en la plegaria eucarística III: “Y cuantos murieron en tu amistad recíbelos en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos porque, al contemplarte como tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas”[1]. Esta parte de la plegaria eucarística es la esperanza escatológica del encuentro gozoso que sentiremos al contemplar cara cara al Señor (Cfr. Ap 22, 4a; Sal 17,15; Mt 5,8; 1Jn 3,2).
Contemplar el rostro del Señor es el eterno descanso, es el Shabat en los remansos de paz pascual (Cfr. Sal 23) vivido y celebrado en la inocencia de los que son como niños en el reino de Dios (Cfr. Mt 18,3) La inocencia es para llegar, llegando al reino y vivir eternamente allí: “Y yo, por mi inocencia, veré tu rostro, al despertar me saciaré de tu presencia” (Sal 17,15).
En la ciudad santa – Ciudad de Dios- ciudad del reino- Todo será alegría y bendición, nada será puesto bajo maldición (Cfr. Ap 22,3a) se borrará toda culpa por aquel pecado en el que el hombre y la mujer quisieron ocupar el lugar de Dios en la creación (Cfr. Gn 3,17.22-24) por esta causa se les restringió el acceso al paraíso y a saborear de los frutos del árbol de la vida, porque ellos decidieron asumir una realidad distinta a la pensada por Dios en la creación.
En esta nueva etapa de la vida, en la ciudad de Dios – la nueva Jerusalén – La humanidad recobra su entrada al paraíso de donde habían sido expulsados y también puede participar del árbol de la vida porque ha prescrito toda maldición: “Esta humanidad, tiene la esperanza de que será liberada de la esclavitud de la corrupción para obtener la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rm 8,20b-21) Estos hijos de Dios, lo santos, habitarán la ciudad de Dios, esta no será deshabitada porque siempre será la ciudad del culto, allí todos los que son considerados dignos gozarán de la presencia del Señor. Por tanto, todo tipo de amenaza de destrucción quedará abolida: “Estará habitada, no volverá a ser amenazada exterminio; habitarán en Jerusalén tranquilos” (Zc 14,11).
En esta ciudad santa el Trono es imagen simbólica de Dios y del Cordero por eso estará en la ciudad, la ciudad no tiene edificaciones, el Trono es el centro de la ciudad y no se menciona que es colocado en un lugar específico dentro de la ciudad, el Trono abarca toda la ciudad- es decir el Trono y la ciudad están fusionados, forman el lugar de culto, por esta razón no se habla de edificación para evitar encasillar nuevamente a Dios en un templo-santuario. En la nueva creación no hay tiempo, ni lugar, sino que se da todo en la totalidad del tiempo y del espacio, es el tiempo de Dios, es el Kayrós de Dios, para que la adoración no tenga límite espaciotemporal, esta ha de darse en todos los momento de la existencia de los siervos del Señor.
El culto a Dios no depende de un lugar, eso sería concentrar el poder religioso y en la ciudad de Dios, ciudad de culto, no será necesario el tiempo ni el lugar, no se puede seguir presentando este fenómeno porque no se puede volver a encasillar a Dios en el templo, Dios es Dios de la creación, todo le es a Él. El pecado primigenio – originante – que fue la causa primera de todos los demás pecados, no puede volver a darse. El hombre no volverá a ocupar el lugar de Dios; no se puede regresar al caos, ni a la oscuridad, ni al desorden causado por el pecado.
Tampoco Dios y el Cordero pueden ser encerrados en un templo de piedra, Dios es vida y la vida no puede ser cohesionada por la muerte, la vida no puede ser “asesinada en primavera”. Dios es libertad y no puede ser prisionero de nuestro culto intimista y pietista en templos porque Dios habita en el corazón de los testigos, Dios es el reino que comienza ya y el reino no puede encerrarse en un sistema religioso opresor.
De esta manera, la oscuridad que puede producir el intento de colocar a Dios en una situación espacio-temporal, cortaría toda luz que se desprende de Dios, por esta razón, los habitantes del reino, lo ciudadanos de la ciudad de Dios, siempre gozarán de la luz del Señor, las noches oscuras serán cosas del pasado, ahora en la nueva creación la ciudad brilla como el oro pulido para que con su resplandor no se necesite lámparas, porque el Cordero es la lámpara de Dios (Cfr. Ap 21,23b).
La luz del sol no será necesaria, porque está la luz que nace de lo alto e iluminará toda la creación nueva, porque el Cordero es la estrella de la mañana (Cfr. Nm 24,17) y siempre habrá un amanecer: “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará desde lo alto un amanecer que ilumina a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte, que endereza nuestros pasos por el camino de la paz” (Lc 1,78-79).

La ciudad de Dios proporciona la luz eterna, porque es ella misma la luz de Dios, Él “Les dará su luz” (Ap 22,5b; Cfr. Ap 21,23; Is 60,19-20; Zc 14,7) los seguidores del Cordero ya empiezan a gozar de esta luz porque ellos se han mantenido fieles y son participes de esta esperanza luminosa en la luz de Cristo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas,  sino que tendrá luz de vida” (Jn 8,12; 9, 5; 12,46; Cfr. Is 49,6) y es la luz verdadera quien permanezca en Él no vivirá en tinieblas; Él, es “La luz verdadera que alumbra a toda la humanidad” (Jn 1,9) porque vivirá por siempre entre sus seguidores y ellos “Reinarán por todos los siglos” (Ap 22,5c; Cfr. Dn 7,18).

Amén. ¡Ven, Señor Jesús! (Ap 22,6-21)

En estos versículos hay una serie de visiones entrelazadas unas con otras que forman un conjunto pixelados con gama de colores apocalípticos, tejiendo una visión de cuadros narrativos escatológicos que van entrelazando el encuentro final con Cristo, recreando el pasado con Dios y diseñando el presente en el futuro con Cristo; todo se dibuja en el conjunto de símbolos presentados por el Ángel, el Vidente y el Cordero.

Visión presentada por el ángel (Ap 22,6)

El ángel me dijo: Estas palabras son verdaderas y dignas de confianza. El Señor, el mismo Dios que inspira a los profetas, ha enviado su ángel para mostrar a sus siervos lo que pronto va a ser.

Las palabras pronunciadas y escritas en este libro, son verdaderas, porque vienen de lo alto, es el mismo Dios por medio del Cordero quien las ha revelado a un ángel, que es el heraldo de Dios. Estas palabras reviven la tradición profética que se renueva en la novedad del nuevo pueblo de Dios, porque lo anunciado y lo mandado a escribir, pronto sucederá y a la vez se está realizando en el Kayrós de Dios: “Porque se acerca el tiempo” (Cfr. Ap 1,3).

Visiones del Cordero:

¡Vengo pronto! ¡Dichoso el que hace caso del mensaje profético que está escrito en este libro! (Ap 22,7).

El anuncia de la sexta Bienaventuranza en el libro exalta a los que han dado testimonio del mensaje profético narrado y escrito. Bienaventurados los que creen en las Palabras del Señor y la asumieron en su vida. El Señor mandó a escribir estas revelaciones para que los seguidores del Cordero lean y crean apartándose de la idolatría, manteniéndose fieles en el proyecto del reino: “Pero estas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida por medio de él” (Jn 20,31; Cfr. Jn 1,12).
La narración del libro va hilvanando la conclusión con la Bienaventuranza del inicio: “Dichoso el que lee y dichosos los que escuchan la lectura de este mensaje profético” (Ap 1,3) En el libro las siete Bienaventuranzas (Ap 1,3; 14,3; 16,15; 19,9; 20,6; 22,7.14) están enmarcadas por el cuadro que forman la primera Bienaventuranza y la sexta Bienaventuranza (Ap 1,3; 22,7) Que llama dichosos a los que escuchan las Palabras del Señor, ellos serán los bienaventurados que han lavado sus ropas con la Sangre del Cordero (Cfr. Ap 22,14; 7, 14).

No guardes en secreto el mensaje profético que está escrito en este libro, porque ya se acerca el tiempo de su cumplimiento (Ap 22,10).

Las palabras recibidas de parte del Cordero, no pueden ser guardadas en secreto, todo lo revelado debe ser anunciado y escrito para que la comunidad fortalezca su fe; la palabra revelada por parte del Cordero debe ser saboreada e ingerida por la comunidad: “Tú hombre, comete este escrito y luego ve a hablar a las naciones” (Ez 3,1.2; Cfr. Jr 1,9; Dt 18,18; Is 51,16; Ap 10,9-11) De tal manera que las palabras del Señor deben ser devoradas los fieles creyentes (Cfr. Jr 15,16) porque el Cordero las ha revelado para la salvación del pueblo de la Nueva Alianza que habitará en la Ciudad Santa - La ciudad de Dios.
Aunque la palabra de Dios revelada se ha dado a la comunidad litúrgica, no se le puede forzar a su ciega obediencia, no se puede obligar a los creyentes a que uniformen su conciencia y sus creencias, no todos pueden con esta carga, no todos dejan sus pesados apegos y se dejan seducir por el Señor; no se puede obligar a nadie que tome el camino del bien o que escuche atentamente las palabras del Señor y le obedezca.
Pero el ciudadano del reino, sí debe tener en cuenta y tomar conciencia, que debe ser buena persona, buen religiosos y buen cristiano- creyentes-, no puede tener inclinación al mal, no ha de aceptar adorar y rendir culto al mal, ni a la ideología del Poder y del Odio, no debe estar por encima del Bien- Dios-; aunque la perversidad de este mundo, el egoísmo, la envidia, la violencia, no tienen cabida en la ciudad de Dios, sigue siendo un problema por la debilidad del creyente: Deja que el malo siga en su maldad, y que el impuro, siga en su impureza; pero que el bueno siga haciendo el bien, y que el santo siga santificándose” (Ap 22,11).

Si, vengo pronto, y traigo el premio que voy a dar a cada uno conforme a lo que haya hecho (Ap 22,12).

Por los frutos serán conocidos los seguidores del Cordero, si hacen el bien, cosecharán frutos buenos y si se hacen mal serán juzgados (Cfr. Ap 20,12b) Y todos estamos llamado a hacer el bien, por ningún motivo somos convocados a hacer el mal, ni adorar al maligno y sus seguidores. Somos criaturas renovadas, somos hechuras del nuevo barro purificado por la acción del Espíritu de Dios en la Sangre redentora del Cordero.

Yo soy el alfa y la omega, el principio y el último, el principio y el fin (Ap 22,13)

Con las Palabras que se le presentó al vidente, el Cordero degollado termina (Cfr. Ap 1,8) el relato de las revelaciones, Él es el origen de lo creado y es el fin de la nueva creación, en Él confluye todo lo creado, lo antiguo y lo nuevo, el tiempo pasado, presente y futuro. Él es el principio y el fin de la nueva creación, son Bienaventurados los que han creído (Ap 22,14) y declarados Bienaventurados porque lavaron sus ropas con la Sangre del Cordero (Cfr. Ap 7,14; 1Jn 1,7) Aquí llega a su plenitud el culto a Dios, la liturgia santa en el culto santo a Dios y al Cordero. Los Bienaventurados podrán disfrutar des ahora del árbol de la vida en la nueva creación (Cfr. Ap 2,7).

Visión de Juan (Ap 22,8-10)
Yo Juan, vi y oí estas cosas… (Ap 1,4.9)

En estos versículos entramos en la parte en que la narración del libro llega al culmen de la verdad revelada por medio del Cordero, el vidente repite la misma fórmula del inicio: “Yo Juan vi”, es el inicio presente y es el fin futuro realizado: “Yo juan vi”. En esta etapa final juan sorprendido se postra para adorar al ángel-criatura de Dios, pero este le hace ver lo siguiente como en Ap 19,10: “No hagas eso, pues yo soy siervo de Dios, lo mismo que tú y tus hermanos que siguen fieles al testimonio de Jesús. Adora a Dios (Cfr. Ap 22,9).
Contrario a lo que trata de hacer el vidente en Ap 19,10; 22,9 que quiere adorar al ángel, en Ap 1,17-18, el vidente cae a los pies del viviente porque la adoración es única para Él que vive, ninguna otra creatura puede ser adorada por los elegidos, los santos de Dios, así lo pide el ángel: “No hagas eso, pues yo siervo de Dios lo mismo que tú y tus hermanos”. Este es un testimonio claro y contundente: “Adora al Señor tu Dios, sírvele solo a él” (Mt 4,10; Cfr. Dt 6,13).

El árbol de la vida

Solo la adoración es para Dios, y los bienaventurados no incuban la idolatría porque participan del árbol de la vida, que ahora está en el centro de la ciudad, todos pueden acceder a él, porque el árbol de la antigua creación (Cfr. Gn 2,9) ha desaparecido y ahora en la nueva creación está plantado para que se beneficien de él. Las puertas de la ciudad están abiertas para los bienaventurados que no tienen pecados, solo a los pecadores como en la antigua creación se le cerraran las puertas: “Por eso Dios el Señor, sacó al hombre del Jardín de edén” (Gn 3,23) por querer asumir el rol de Dios: “Ahora el hombre se ha vuelto como uno de nosotros, pues sabe lo que es bueno y lo que es malo. No vaya a tomar también el fruto del árbol de la vida” (Gn 3,22; Cfr. Gn 2,9).
Este árbol de la vida se ha renovado dando muchos frutos y sus frutos son para los bienaventurados que lavaron sus vestiduras con la sangre del Cordero; pero la ciudad de Dios, sigue cerrada y el árbol de la vida sigue prohibido para los que son adversario de Dios: “Pero fuera se quedaron los pervertidos, los que practican brujerías, los que comenten inmoralidades sexuales, los asesinos, los que adoran ídolos y todo los que aman y practican el engaño” (Ap 22,15; Cfr. Sal 22,16.20; Fil 3,2).
Esta advertencia ya se había hecho en Ap 21,8, indicando la suerte de los defensores de la ideología de poder y del odio. Estos son los malaventurados: “ Pero ¡Ay de ustedes los ricos, pues ya han tenido su alegría! ¡Ay de ustedes los que ahora están satisfecho, pues tendrán hambre! ¡Ay de ustedes los que ahora ríen, pues van a llorar de tristeza! ¡Ay de ustedes cuando el mundo los alabe, pues así hacían los antepasados de esa gente con los falsos profetas! (Lc 6,24-26).
Para los pecadores-los malaventurados- está cerrado el acceso a la ciudad santa de Dios porque no practican la justica y prefieren las tinieblas a la luz (Jn 1, 12-13) ellos han despreciado las enseñanzas de Jesús (Cfr. Mt 5,1-7,12; Lc 6,27-45) y aceptaron la doctrina de los pecadores fabricantes de ídolos e idolatrándolos, dejándose llevar por la maldad de este mundo.

Yo soy el retoño que desciende de David. Soy la estrella brillante de la mañana (Ap 22,16)

En la tradición bíblica el León aparece como imagen del Mesías, quien vence el mal: “No se irá el cetro de mano de Judá, bastón de mando de entre sus piernas, hasta que venga al que le pertenece, y al que harán homenaje los pueblo” (Gn 49,10; Is 11,1-10; Ap 22,16) El Cordero, Él es la estrella de la mañana (Cfr. Nm 24,17) Él ha vencido el mal, Él ha vencido la muerte (Cfr. Ap 3, 21; Jn 16,33) Él es el único digno, Él revela el sentido de la historia, llevando a plenitud la salvación humana, Él es el vástago de David según la tradición bíblica, Él es el cumplimiento de las promesas Veterotestamentaria y de las realidades Neotestamentaria, Él es el culmen de la historia, Él recibe el trono del Mesías y se manifiesta el Trono de Dios y del Cordero en la nueva Alianza. Cristo es la raíz de David: "Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente. Conforme a todas estas palabras, y conforme a toda esta visión, así habló Natán a David" (2 Sm 7,16-17).
Esta revelación ha sido narrada en las siete iglesias (Cfr. 2,1-3,22) para que fortalezcan la fe y reconozcan que Jesús es el Cordero de Dios y se aparten de todo mal y vivan eternamente, tengan vida y la tenga en abundancia (Cfr. Jn 10,10) La vida ha sido entregada a los bienaventurados y junto con todo el pueblo de Dios: Iglesia celestial y terrenal es animada por la acción del Espíritu Santo; la Iglesia esposa del Cordero (Cfr. Ap 19,7-8) clama a Dios la venida gloriosa del Señor Jesús para que calme la sed de la esperanza con el agua viva que brota del manantial inagotable de la vida eterna: “El que beba del agua que yo le daré, nunca volverá a tener sed. Porque el agua que yo le daré se convertirá en él en manantial de agua que brotará dándole vida eterna” (Jn 4,14; Jn 6,35; 7,37-38; Is 55,1).
Todo el que recibe de las delicias del agua pura que brota del manantial de vida, dirá ¡Ven Señor! y escuchará ¡Ven! Este ven es una espera esperanzadora en el Señor Resucitado que da la vida eterna junto al Él, el que recibe del agua viva en la ciudad de Dios, estará anunciando el mensaje profético de salvación y aclamará: ¡Ven! Y el que escuche, diga: ¡Ven! (Ap 22,17a).

Advertencia (Ap 22,18-19)

Este libro se ha escrito y entregado a la comunidad para ser leído en la asamblea litúrgica y así debe entenderse; no se le podrá quitar ni añadir nada de lo revelado porque se le quitará parte del árbol de la vida, y no podrá seguir disfrutando de la ciudad santa (Cfr. Ap 22,18-19) Porque quien ha revelado y declarado todo lo que ha sucedido y va a suceder es el que viene pronto, el que es, el que era y vendrá, Él es a quien esperamos que venga, porque Él triunfó sobre el mal y prometió venir pronto: “Si, yo vengo pronto” (Ap 22,20).
El Señor ha prometido su pronto regreso, cuando esto suceda estaremos preparados para aceptar nuestra liberación: “Cuando comiencen a suceder estas cosas, anímense y levanten la cabeza, porque muy pronto serán libertados” (Lc 21,28) Los liberados por Dios empezarán a cantar nuevos cantos de esperanza en la asamblea litúrgica al pie del Trono de Dios y del Cordero:  Que viene Cristo repiten con s clamor los profetas, Previniendo que la gracia de la redención se acerca.Se menciona nuestro mañana, los corazones se alegran, Anunciadores de gloria miles de voces resuenan.Fue el primer adviento no de castigo no de pena, Sino por curar heridas salvando a quienes perecería.Mas que ha de venir de nuevo su venida nos alerta, A coronar a los justos y a darle la recompensa.Luz perenne se nos brinda, la salvación centellea, Y un resplandor nos convoca a las mansiones etéreas. Oh Cristo, anhelamos verte cual Dios en visión perpetua,Porque este gozo será bienaventuranza eterna. Amén[2].

La esperanza en su venida es la salvación de los Santos del Señor en el futuro definitivo, en la arrasadora utopía de la esperanza futura que es la salvación eterna, ésta ya no será reducida al juicio y a la condena, por esta razón, estamos construyendo el futuro. El futuro es lo que hemos empezado a construir y esperamos que Jesús venga para que se realice a plenitud: “Amén. ¡Ven Señor Jesús! (Ap 22,20b; Cfr. Ap 1,6; 1Cor 16,22-23). 

“Mientras estemos aquí, pidamos a Dios no privarnos de nuestra oración y de su misericordia, para poder orar con perseverancia. Y él, con perseverancia, tendrá misericordia de nosotros” (San Agustín. Enar. Salmo 65,24).

A modo de conclusión

La restauración definitiva

Del trono brota la nueva vida de los elegidos, el mal está vencido, la ideología de poder, el odio y la venganza no tienen frutos: “En esto consiste la vida eterna: en concerté a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesús el Mesías” (Jn 17,3) Este es el nuevo paraíso en Cristo Resucitado; este paraíso no es entendible como el acto sublime de una simbología penitencial de la liturgia o de una charla o que un vidente nos hable al oído y caigamos en éxtasis, esto sería reducir la acción salvífica de Dios en un simple acto simbólico, o una recreación simbólica con los cuales nos gusta adornar la simplicidad de la vida.
La conversión-paraíso- tampoco, es la asistencia a momentos fantasmagóricos de fe, porque si no hay una sólida formación familiar, social y cultural y religiosa, muchas veces estos actos son ocasiones de evasión del compromiso adquirido en nuestro bautismo (Cfr. EG 66-70) y se convierten en estrellas fugaces, que después del deslumbre, nuestra vida sigue igual de apagada y sin sentido como luces navideñas después de la fiesta. Transformar nuestra vida de pecadores a la gracia salvífica de Dios, es algo más profundo es caminar en Dios, es vivir amando a Dios y a nuestros hermanos, quien ama y se aferra a Cristo, no peca, sino que vive para Dios en el gozo de la felicidad pascual eterna, es pedirle a Dios que este pascualizando su gracia a través del perdón-reconciliación: “ "Devuélveme el son del gozo y la alegría, se alegran los huesos que tú machacaste. Aparta tu vista de mis yerros y borra todas mis culpas. Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, renueva en mi interior un espíritu firme; no me rechaces lejos de tu rostro, no retires mi santo espíritu. Devuélveme el gozo de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso” (Sal 50,10-14).
Por esta razón, la conversión nos debe llevar a dar pasos en el encuentro pascual definitivo al contemplar cara cara al Señor en la vida, tomando conciencia de la responsabilidad que implica no volver a pecar en la caminada de la justicia de Dios, una vez convertidos creceremos en la justicia de Dios: “Líbrame de la sangre, oh Dios, Dios salvador mío, y clamará mi lengua tu justicia; abre, Señor, mis labios, y publicará mi boca tu alabanza” (Sal 50, 16-17).  
El que permanece en la justicia de Dios no vuelve a pecar, porque convertido vive para el reino de Dios: “Conviértanse porque ha llegado el reino de Dios” (Mt 3,2; Cfr. Mc 1,14-15) Vivir en la caminada del reino, es caminar en la justicia, es dejarnos purificar por el Señor, para no ser de labios impuros: ¡Ay de mí, estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros!” (Is 6,5) Al dejarnos purificar por el Señor, tendríamos el corazón limpio como dice el salmista, porque seríamos rociados con el agua de la salvación (Cfr. Sal 50,9): “Los rociaré con agua pura y quedarán purificados; los purificaré de todas sus inmundicias y de todas sus basuras” (Ez 36,35).
La conversión es la recompensa que recibimos del Señor, sin importar la condición social, es para todos los que quieren vivir a la manera de Jesús, es decir, es colocar el corazón en sacrificio de liberación que exige la escucha de la Palabra de Dios, para salir de la esterilidad espiritual en que vivimos alejándonos de Dios provocando nuestra muerte, al no escuchar al Señor nos convertimos en sacrificios esclavizante y no en sacrificios liberadores, que sería pascualizar la vida en la pascua liberadora ofrecida en la Cruz, en la Cruz adquirimos un corazón limpio aceptado por el Señor (Cfr. Sal 50,18-19) que nos hace recibir la recompensa prometida: “En la recompensa seremos, pues, todos iguales: los últimos como los primeros y los primeros como los últimos, porque el denario es la vida eterna y en la vida eterna todos serán iguales. Aunque unos brillarán más, otros menos, según la diversidad de los méritos, por lo que respecta a la vida eterna será igual para todos. No será para uno más largo y para otro más corto lo que en ambos casos será sempiterno; lo que no tiene fin, no lo tendrá ni para ti ni para mí. De un modo estará allí la castidad conyugal y de modo distinto la integridad virginal; de un modo el fruto del bien obrar y de otro la corona del martirio. Un estado de vida de un modo, otro estado de otro; sin embargo, por lo que respecta a la vida eterna, ninguno vivirá más que el otro. Viven igualmente sin fin, aunque cada uno viva en su propia gloria. Y el denario es la vida eterna. No murmure, pues, el que lo recibió después de mucho tiempo contra el otro que lo recibió tras poco. A uno se le da como recompensa, a otro se le regala; pero a uno y a otro se otorga lo mismo[3].
Un corazón pascualizado, no se complace en sacrificios desconectado de Dios, eso no es querido por Dios: “Pues no te complaces en sacrificios, si ofrezco un holocausto, no lo aceptas. Dios quiere el sacrificio de un espíritu contrito, un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias” (Sal 50,18-19) Dios quiere un corazón convertido, no un corazón sacrificado en holocausto religioso-piadoso.
Un corazón de sacrificios piadoso, es un corazón amargado, que no escucha la voz del Señor; pero si pascualizamos nuestra vida y escuchamos la voz del Señor, nos convertimos en una conversión de libertad que escucha y hace la voluntad de Dios. Escuchando siempre, en la escucha de la voz del Señor que nos dice: “¡Toma y lee! ¡Toma y lee!” (San Agustín. Conf. VIII, 12,29) Quién escucha la voz del Señor, deja la esterilidad espiritual, deja de ser huesos secos: “Huesos secos, escuchen la palabra de Yahvé. Esto dice el Señor Yahvé, a estos huesos: Voy a infundir en ustedes un espíritu que los haga vivir…Infundiré mi espíritu en ustedes y vivirán” (Ez 37, 4-5.14).  

¡Oh verdad, luz de mi corazón, que no me hablen mis tinieblas! He ido deslizándome en estas realidades de aquí y me he quedado a oscuras” (San Agustín. Conf.  L XII, 10,10).
“Haz lo que debes hacer. Y hazlo bien. Esta es la única norma para alcanzar la perfección”. (San Agustín, In Ps. 34, 2,16). 


[1] Misal romano: Plegaria Eucarística III.
[2] Liturgia de las Horas. Tomo I, Himno II, Laudes; Textos comunes desde 17 de diciembre.
[3] San Agustín. Serm. 87,6

lunes, mayo 08, 2017

XXII. APOCALIPSIS

LA NUEVA CREACIÓN III

El que estaba sentado en el Trono dijo:
“Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5a). 
Καὶ εἶπεν ὁ καθήμενος ἐπὶ τῷ θρόνῳ, Ἰδού, πάντα καινὰ ποιῶ.


La novedad de la nueva creación está en la pedagogía de la Cruz, la pedagogía de la Cruz es vivir en la pascua eterna, es asumir en la vida la inmortalidad del inmortal, es decir, desprendernos de nuestra pesada vida, para vivir en la vida de Jesús, es cargar el yugo con el yugo de Jesús, es dejar el cansancio y el agobio para participar del descanso pascual del Señor (Cfr. Mt 11,28-30):
El inmortal asumió la mortalidad para morir por nosotros, para con su muerte dar muerte a la nuestra. Esto hizo Dios; esto nos concedió. El grande se humilló; después de humillado se le dio muerte; muerto, resucitó y fue exaltado, para no abandonarnos muertos en el infierno, sino para exaltar en sí en la resurrección final a quienes exaltó ahora mediante la fe y la confesión de los justos. Así, pues, nos dejó el camino de la humildad. Si lo seguimos, confesaremos al Señor y cantaremos con motivo: Te confesaremos, ¡oh Dios!, te confesaremos e invocaremos tu nombre. (San Agustín Comen. al Sal 74,2).
Desde esta perspectiva, nacemos en la inmortalidad de Jesús, que se hizo mortal para participarnos de su inmortalidad, por eso, siendo inocente cargó con los pecados del pueblo rebelde en el madero- el árbol de la Cruz- Convertido en árbol de la vida. Allí Jesús enfrenta su destino: Muerte y Vida. En el altar de la cruz se entrega por amor a su pueblo, haciendo la voluntad del Padre (Cfr. Lc 22,42) Jesús el Siervo de Dios que cargó sobre si la injusticia y la miseria: “Y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes. Maltratado, aguantaba, no abría la boca; como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante el esquilador, no abría la boca” (Is 53,6-7) Jesús ha vencido el dolor del pecado en su propia humanidad, haciéndose dolor: Tomó para sí las heridas del pueblo, se hizo sacrificio y redención. Dios ha bajado a solidarizarse con el dolor del ser humano, haciendo todas las cosas nuevas en la Cruz e incluso hasta el dolor.
Entendiendo la cruz de Cristo, como pedagogía de Salvación, era necesario su sacrificio redentor. Este sacrificio era necesario para que diera la salvación como primicia de la realidad el reino de Dios y su justicia: “Busquen primero el reino de Dios y su justicia” (Mt 6,33) Jesús entrega su vida para hacer viable el Reino en su propia vida, desde el amor que supera todo amor: “Tanto amó dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que quien crea en Él no muera, sino tenga vida eterna” (Jn 3,16).
El que muere en la Cruz es quien ha purificado la concepción piadosa del sufrimiento del dolor como condición humana de resignación con la Cruz, la condición humana de dolor es resiliencia en la memoria humana, que lo vive como fortaleza esperanzadora en el que ha sido coherente y que ha hecho del sufrimiento y el dolor la arrasadora novedad de asumirlo no como condena sino como redención: “Dios no envío a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de Él” (Jn 3,17).
Por eso la salvación es la novedad de la pedagogía de la cruz en la que se hace juicio a la antigua creación y liberados de los prejuicios de está entramos en la nueva creación en la Resurrección sin pecado: “El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz. Y es que sus acciones eran malas” (Jn 3,19) También es condenada la muerte, es condenada porque Jesús ha sido levantado para atraer a muchos hacia sí: “Cuando yo sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32).
Este es el acontecimiento del cumplimiento de las promesas plenificado en las Palabras pronunciadas por Jesús, en la Cruz todo se ha hecho nuevo, no es el final de la historia, sino que con Cristo comienza los tiempos últimos, porque Dios se ha revelado en Él de modo definitivo y todos seremos en Él y todo se renueva con Él (Cfr. Ap. 21,4.5) Él es la nueva creación porque en la Cruz todo es sometido a Cristo: “Todo ha sido sometido bajo sus pies…Cuando todo le quede sometido, también el Hijo se someterá al que le sometió todo, y así Dios será todo para todos” (1Cor 15,27.28):



Así, pues, no éramos buenos; tuvo piedad de nosotros y envió a su único Hijo a morir, no por los buenos, sino por los malos; no por los justos, sino por los impíos. He aquí que Cristo murió por los impíos. ¿Cómo sigue? Apenas hay quien muera por un justo: pero, efectivamente, quizá alguien se atreva a morir por una persona de bien. Tal vez se encuentre alguien que esté dispuesto a morir por una persona buena. Mas por una persona injusta, impía, inicua, ¿quién iba a querer morir, sino solamente Cristo, justo hasta el punto de santificar a los injustos? Por lo tanto, hermanos, no poseíamos ninguna obra buena; todas eran malas. Pero aun siendo tales las obras de los hombres, su misericordia no los abandonó y, siendo merecedores de castigo, él, en lugar del castigo debido, les otorgó la gracia que no merecían. Y envió a su Hijo para rescatarnos, no con oro, ni con plata, sino con el valor de su sangre derramada, como cordero inmaculado conducido al sacrificio en favor de las ovejas manchadas, si es que sólo manchadas y no totalmente infectas. Hemos recibido esta gracia. Vivamos, pues, de manera digna de la misma, para no hacer injuria a gracia tan sublime. Un médico extraordinario vino a nosotros y perdonó todos nuestros pecados. Si queremos enfermar de nuevo, seremos, además de perniciosos para nosotros mismos, ingratos para con el médico (San Agustín. Comentario al Sal 74,2).


En el Resucitado todo es nuevo y es necesario escribirlo en la memoria litúrgica dl pueblo, es necesario que se escriba para que vean la novedad de la creación en Cristo Jesús - El Cordero degollado - Y así podamos beber de las palabras verdaderas pronunciadas del que está sentado en el Trono: “El cual ha dicho la verdad de todo lo que vio, y es testigo del mensaje de Dios confirmado por Jesucristo. Dichoso el que lee y dichosos los que escuchan la lectura de este mensaje profético, hacen caso de lo que aquí está escrito” (Ap 1,2-3) Por esta razón, el que está sentado en el Trono ha mandado a escribir estas palabras verdaderas desde el principio del libro y ahora en la etapa final del libro para que podamos leer su verdad, la verdad de Dios: “Escribe, porque estas palabras son verdaderas y dignas de confianza” (Ap 21,5b).
Todo está cumplido: “_Y dijo todo está cumplido” (Jn 19,30) – “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5a) – “Y vio que todo estaba bien” (Gn 1, 4. 10.12.18. 21.25.31) Este es el cumplimiento de las promesas, la creación antigua ha pasado y ahora todo ha sido renovado en Cristo Jesús porque hemos creído en su sacrificio y hemos superado la angustia y el dolor, ya no somos los afligidos porque el cargo sobre sí nuestros dolores, para darnos el gozo de la vida y en la vida de su inmortalidad porque es la entrega plena del que ha creído hasta el final en la justicia de Dios. Las palabras de Jesús escrita es la más clara motivación a vivir desde la solidaridad, amando al Padre con todo el “Corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas” (Dt 6,5), amando al “Prójimo como a nosotros mismos” (Lv 19,18).
Por esta razón, en la cruz el creyente mirará el nuevo rostro del Hijo, el rostro de aquel que lo ha dado todo y por Él se crea todo y nada se hizo sin Él (Cfr. Jn 1,3) Todo se volverá hacer con Él y sin Él nada de lo creado, se recreará en el futuro porque Él es que era, el que es y el que vendrá. Esta es la vida (Cfr. Jn 1,4) que brota de la nueva creación de su costado abierto (Cfr. Jn 19, 34) Esta es la nueva creación en la cruz del cielo nuevo y la tierra nueva en el que traspasaron: “Miraran al que traspasaron” (Jn 19,37; Cfr. Zac 12,10).
Jesús al ser levantado en la cruz es signo de salvación y de renovación por su glorificación en la cruz adquiere la identidad de la nueva creación, para que todo el que lo mire se renueve y crea y creyendo tenga vida. Esta es la creación renovada en Cristo - El Cordero inmolado -. En la Cruz, el peregrino de Dios, el siervo cansado asume su condición de siervo, y nosotros cansados pero consolados asumimos la condición de nuevas criaturas, ahora somos los ciudadanos del reino que nos encontramos en la creación de Jesús y cansados asume el nuevo consuelo en la creación nueva:
“Cansado del camino, Jesús estaba sentado junto a la fuente. Era aproximadamente el mediodía. Comienzan los misterios: No es en vano que Jesús se cansa; no es en vano que se cansa aquél que es la fuerza de Dios; no es en vano que se cansa aquél que nos restaura cuando estamos cansados, que cuando está presente estamos firmes, y enfermos cuando nos deja (…). Por ti Cristo se cansó del caminar. Encontramos a Jesús fuerte y encontramos a Jesús débil; Jesús fuerte y Jesús débil. Fuerte, porque en el principio era el Verbo y el Verbo estaba junto a Dos y el Verbo era Dios… ¿Quieres saber cuán fuerte es este Hijo de Dios? Todo fue hecho por medio de Él y nada se hizo sin Él. Y sin fatiga lo hizo. ¿Quieres conocerlo débil? El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. La fuerza de Cristo te creó; la debilidad de Cristo te recreó. La fuerza de Cristo hizo que existiera lo que no era; la debilidad de Cristo hizo que no pereciese lo que era. Con su fuerza nos creó, con su debilidad nos buscó” (Agustín, tr. Jo 15,6).
Recapitulación (Ap 21,6-27)
Cristo, es el principio de toda la creación y el fin hacia donde tiende toda la creación (Cfr. Ap 1,8; 21,6) Allí se colmará la sed de la justicia y beberán de la fuente de la salvación (Cfr. Jn 4,0.14; 7,37; Is 55,1) con la que será alimentado el nuevo pueblo de Dios, el pueblo de la nueva alianza que ha sido llevado a vivir en la Ciudad Santa. En estos versículos se hace una recapitulación de las imágenes que han pintado los capítulos anteriores en los que se barniza la esperanza construida para que no se corrompa en el presente y se mantenga la memoria del pasado iluminando el futuro esperanzador de la generación que empieza a recuperar la esperanza en Dios que libera a su pueblo de la muerte y de la idolatría de esta.
En los versículos siguientes encontramos los elementos que a continuación brevemente detallamos:
V 7a: El que salga vencedor recibirá todo esto como herencia: Con esta fórmula concluye cada una de las siete catas a las siete Iglesias (Ap 2-3) y en estos versículos forma parte de la conclusión del libro. El vencedor es heredero de la victoria del Cordero- El Salvador-.
V 7b: Y yo seré su Dios y él será mi hijo- Recoge la tradición del descendiente de David que reinará por siempre en el pueblo de Dios: “Yo seré para él un Padre, y él será para mí un hijo” (2S 7,14a; Cfr. Gn 49,10; Jr 30,21-22; Sal 89,26-27).
V 8: Todo el que se ha dejado contaminar de la idolatría: Los cobardes, incrédulos, los odiosos, los asesinos, los inmorales sexuales, los que practican brujerías, los que adoran ídolos, los mentirosos, todos estos recibirán el castigo prometido en la segunda muerte (Cfr. 1Cor 6, 9-12; Ap 3,20) Por haber sido infieles y haber blasfemado el nombre del Señor.
Los que obran mal son desleales y no practican la justicia, frente al pueblo de Dios (Cfr. Rm 1,31) esta es la razón por la que no pueden participar en la ciudadanía del reino, la ciudadanía eterna en la ciudad de Dios. Todos los que actúan mal han perdido opciones de salvación por no asumir el camino de los vencedores junto al Cordero e irán a la segunda muerte (Cfr. Ap 2,11; 20,14; Mt 10,28; 25,41) La segunda muerte es vivir totalmente sin Dios, sin esperanza, es decir, ausencia total de Dios en la vida, es reducir el futuro al juicio y a la condena- Reducción del futuro a la muerte-.
V9: Los siete ángeles, las siete copas y las calamidades: Recrea la imagen de los siete ángeles y las siete copas (Cfr. Ap 19,7-8; Ap 17,3).
V10: El Espíritu le muestra otra visión: Las visiones son contacto visual con la realidad en imágenes recreadas del Antiguo Testamento o mitológicas de las culturas vecinas, estás la asume el vidente como acontecimientos que suceden y están cumpliéndose, pero que a la vez son visiones futuras realizadas realizándose. En esta visión, el vidente es llevado a un monte alto y ve a la Ciudad Santa, que bajaba de lo alto; esta imagen es tomada de Ezequiel (Ez 40,1-4) y la recrea en el libro y dibuja el cuadro apocalíptico de la nueva ciudad bajada del cielo con el pincel apocalíptico de la esperanza-futuro- renovada y renovadora en Cristo Jesús- El Cordero que está en el Trono-.
V 11-13: Con la imagen de las piedras en las puertas de la muralla, se describe el pectoral del sacerdote, por esta razón las murallas es acción proteccional cultual, es acontecimiento litúrgico. La presencia de los doce ángeles en las doce puertas marcadas con los nombres de las 12 tribus de Israel, representa la Antigua Alianza que ha caducado (Cfr. Rm 7,6) Ahora hay nueva Alianza, el antiguo pueblo ha sido renovado en el nuevo pueblo que ha sido elegidos por el Cordero y sus nombres están escritos en la gran muralla litúrgica (Ex 40,1-11) de la ciudad pascual- ciudad santa- que brilla con la luz del Señor (Cfr. Is 60,1-2) Las puertas prefiguran el orbe entero, allí brillará el Señor inundando con su luz el gozo y la alabanza. Tres puertas por cada punto cardinal: Este, Norte, sur, oeste (Cfr. Ez 48,30-35).
V 14: La imagen de los 12 Apóstoles: Los doce apóstoles son los pilares de la comunidad de la nueva Alianza, sobre ellos esta cimentado el edificio de la Iglesia naciente; la tradición apostólica es leída en la Iglesia como el fundamento de esta: “Edificados sobre el cimiento de los apóstoles, con el Mesías Jesús como piedra angular” (Ef 2,20) La tradición apostólica es la que sostiene a la comunidad cristiana en su fe, por esta tradición se ha mantenido la herencia recibida de la Antigua Alianza y se ha edificado la Nueva Alianza.
V 15-17: Medición de la ciudad (Cfr. Ez 40,3-4): La purificación del culto se da por medio de la medición de la ciudad, sus medidas, su hermosura es símbolo de pureza porque es nueva, su novedad es la construcción, ha sido construida en la santidad. La base de la ciudad es perfecta, es cuadrada, su perfección es el lugar santo de Dios: el Templo (1R 6,20) Esta es una ciudad perfecta porque allí habitarán los santos del Señor. Todas las medidas son múltiplo de 12: Doce mil estadios (2.200Km) y ciento cuarenta y cuatro codos (65 m) Estas medidas fueron tomadas por el ángel según las medidas humanas. Dios ha pesado a la humanidad, para que la humanidad sea perfecta en el único perfecto para que podamos llegar a ser perfectos (Mt 5,48).
V 18-21: El pueblo sacerdotal:  La ciudad santa estaba rodeada por una muralla de diamante; como ya hemos visto el autor del Apocalipsis describe y compara la belleza cultual con piedras preciosas, la ciudad simboliza el culto purificado a Dios que los santos le tributan, por esta condición cultual recrea la imagen del que estaba sentado en el trono como el objeto del culto: “El que estaba sentado en el trono tenía el aspecto de un diamante” (Ap 4,3) La muralla que coloca en Ap 21,11-13, está dibujada en las imágenes de las doce tribus de Israel y los doce apóstoles : La antigua alianza y la nueva alianza.
Las doce puertas están hechas con una piedra preciosa cada una; la ciudad era de oro pulido, como un cristal, el oro es símbolo de la ciudad celestial, que dibuja el culto perfecto a Dios y al Cordero. La muralla y las puertas son signo del culto santo dado a Dios por el pueblo que ha sido considerado digno de tal honor, por ser un pueblo sacerdotal tiene grabado el pectoral del Sacerdote israelita, por esto las piedras de las puertas forman el pectoral sacerdotal (Cfr. Ex 28, 17-20; 39,10-13; Is 54,11-12; Tob 13,17; Ap 1,12-16) Las piedras que adornaban el pectoral son: Diamante, Zafiro, Ágalta, Esmeralda, Ónice, Rubí, Crisólito, Berilo, Topacio, Crisoprasa, Jacinto, Amatista, doce como las tribus israelitas (Cfr. Gn 49; Ex 38,15-21; 39,10-13; Ez 28,13).
Las puertas estaban hechas de una sola piedra preciosa y toda la ciudad era de oro puro pulido, como vidrio trasparente, porque esta es la ciudad de la santidad cultual y está protegida por las tribus de Israel y los doce apóstoles, la muralla da seguridad y protección para que no entren los enemigos del Cordero. Las puertas también simbolizan los doce ángeles que custodian y guardan la tradición de los profetas, los testigos de la Palabra. Las piedras preciosas dejan de ser adornos simples de los pectorales sacerdotales antiguos, para formar ahora el pectoral del nuevo pueblo de Dios que ha sido fortalecido con la Palabra del Hijo, trasmitida por los apóstoles; la Ciudad es el Templo, la creación perfecta que brilla ante Dios, desde Dios y para Dios, por eso es perfección pascual y cultual porque brilla como una esmeralda (Cfr. Ap 4,3b).
V 22-27: Dios y el Cordero santuario de la nueva ciudad- La ciudad de Dios:
Dos amores han dado origen a dos ciudades: El amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la tierra; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la celestial” (San Agustín. De Civ. Dei L. XIV, 28).
La ciudad de Dios se gloria en el Señor, está llena del amor de Dios, no hay espacio para la ciudad de los hombres que se glorían en sí mismos en su propio egoísmo perverso, en la ideología del poder causante de todo tipo de violencia, su templo es la ideología del odio. En cambio la ciudad de Dios no tiene templo- santuario- Dios es su santuario junto con el Cordero (Cfr. Ez 11,16) Dios forma este nuevo pueblo en sí mismo para el olvido de la idolatría piadosa, enfermiza y de apegos místicos.
El santuario para el pueblo de la Antigua alianza era necesario, allí ofrecían culto al poder religioso-político y lo justificaban con el culto a Dios, según sus praxis, Dios era el centro del Santuario, Él habitaba allí, todo el poder religioso se centraba aquí, pero el pueblo era marginado de esa centralidad, solo era tenido en cuenta para el ofrecimientos de las dadivas; las autoridades administraban el saber y los bienes del pueblo, eran dueños de Dios, y en su nombre justificaban la explotación de las ofrendas obligatorias, según esto Dios cobraba impuesto al pueblo, similar a los impuestos de la ciudad pecadora que estaba dirigida por el Emperador y a sus príncipes.
El nuevo pueblo de Dios en la ciudad santa, no necesita de santuarios, porque no es una ciudad estado, sino la ciudad de Dios, no necesita de intermediarios por el que el pueblo es santo y Él está presente junto al Cordero y ellos son el Santuario, Dios y el Cordero han recuperado su lugar en el nuevo pueblo, en la nueva ciudad, en la nueva Jerusalén, por esta razón esta nueva ciudad ha bajado del cielo de, la mano de Dios porque ya no es ciudad de poder religioso-político, sino ciudad de culto, es la ciudad de la liturgia espiritual que no tiene santuario de piedra, pero goza de la dulzura del amor cultual de Dios en espíritu y vida que ha construido un santuario con la comunidad santa:
Créeme, mujer, que llega la hora en que ustedes adorarán al Padre sin tener que venir a este monte ni ir a Jerusalén…Llega la hora, y está aquí, cuando lo que de veras adoran al Padre lo harán de un modo verdadero, conforme al Espíritu de Dios. Pues el Padre quiere que así lo hagan los que lo adoran. Dios es Espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo de modo verdadero, conforme al Espíritu de Dios (Jn 4,21.23-24).
El santuario de piedra ya no es central, “no es casa de hombres, no es cueva de bandidos” (Mt 21,12-13; Cfr. Mc 11,15-18; Lc 19,45-46; Is 56,7; Jr 7,11) allí no está Dios como institución, el Santo está con los santos porque el celo por su casa lo devora (Cfr. Sal 69,9) y los santos están con el Santo, Dios no vive en templos de piedra, Dios está en el corazón de cada uno (Cfr. Lc 17,21; Mt 6,6; 1Cor 3,16; Hec 17,28; 1Jn 4,16b): “El Señor no habita en templos hechos a mano, como dice el profeta Isaías: El cielo es mi trono, la tierra el estrado de mis pies. ¿Qué casa me edificarás?, dice el Señor; o ¿Cuál es el lugar de mi reposo? ¿No hicieron mis manos estas cosas? ¡Duros de cerviz, y incircuncisos de corazón y de oídos! Ustedes resisten siempre al Espíritu Santo; como sus padres, así también ustedes” (Hec 7,48-51; Cfr. Is 66,1-2; Sm 7,5-7).
La ciudad no necesita luz de sol ni de luna, porque la luz de Dios, su resplandor la ilumina (Is 60,1.19-20) Solo le basta la luz de Dios, ya no es necesario la luz del sol en el día, ni la luz de la luna en la noche. La creación es nueva, solo Dios alumbra, porque la lámpara es el Cordero (Cfr. Jn 8,12) Todas las naciones se beneficiarán de la luz de la ciudad y los reyes pondrán sus riquezas al servicio de la ciudad (Is 2,3; 60,3-5; Ap 7,9) los que antes se alejaron de la ciudad pecadora, ahora vendrán a recibir de esta luz divina.
La ciudad es una ciudad de puertas abiertas, la oscuridad no se volverá a ver (Cfr. Is 60,11; Zc 14,7) Allí le entregarán riquezas, pero no se corromperá, como la ciudad pecadora, nada impuro podrá entrar en ella (Cfr. Is 52,1; Ez 44,9) Nadie de corazón torcido podrá entrar, los que incitan a la idolatría serán rechazados las piedras preciosas de las puertas de la muralla no le permitirán la entrada, la maldad no tiene cabida en la nueva ciudad, la ideología del poder, la ideología del odio, serán apartadas de la ciudad santa. Solo los que están inscrito con el nombre del Cordero en el libro de la vida (Cfr. Ap 3,5; 20,12.15) serán admitidos, porque pertenecen al Cordero y podrán disfrutar el gozo del Señor, porque ellos serán los destinatarios de la Esperanza salvífica en el reino de Dios.
La ciudad de Dios, es la ciudad de los bienaventurados que blanquearon su vida con la sangre del Cordero y tienen la marca del nuevo nombre de Dios, los bienaventurados son los que han llegado a la perfección en la santidad, son los que han recuperado el amor primero, siendo obedientes hasta salir vencedores en la vitoria de Cristo.
Los bienaventurados (Mt 5,1-12; Lc 6,20-23) son los que viven felices porque han heredado el reino de Dios, los mansos heredarán la tierra, los que lloran  serán consolados, los que tienen hambre y sed de justicia  serán saciados, los misericordiosos alcanzarán misericordia, los limpios verán a Dios, los que trabajan por la paz serán llamados hijos de Dios, los perseguidos por causa de la justicia  heredarán el reino de los cielos y los insultados y perseguidos por causa del anuncio del evangelio serán recompensados en el cielo:
1.     Dichosos los que tienen espíritu de pobres: Estos son los cristianos que colocan su confianza en hacer la voluntad del Padre y no en reducir la vida en el deseo de la acumulación de los bienes materiales, son los que no se dejan embriagar por el vino de la idolatría material, sino que colocan toda su confianza en Dios (Cfr. Sal 22,24; 69,32-34; Is 29,19; 61,1-2; Mt 6, 24-34; 11,5; Lc 4,18; St 2,5).  Porque de ellos es el reino de los cielos: el reino es la presencia de Jesús, este reino es ofrecido a los que le siguen dejándolo todo por Él (Cfr. Mt,3,2) esta propuesta de dejarlo todos es el camino de los que viven el riesgo de cambiar su vida por ser parte de la novedad del anuncio de Jesús y vivir en solidaridad en la comunión de bienes, en la comunidad del reino formada por hermanos-discípulos, que su último deseo es acumular riquezas para vivir fuera del reino. 
2.     Dichosos los que sufren porque serán consolados: El sufrimientos no se refiere a la enfermedad física, ni a la mal llamada enfermedad espiritual como estamos acostumbrados a manifestar o hacer coincidir el dolor a los sufrimientos evangélicos. Este sufrimiento se refiere a las opciones que asumamos frente al reino, es afrontar los conflictos internos de la idolatría de los bienes, a vivir la esperanza en los bienes del reino. Este sufrimiento hace también referencia a la alegría de estar en disposición del reino, vivir comprometidos con la causa de Jesús (Cfr. Sal 126,5-6; Is 57,18; 61,2-3) Porque solo en Dios es el consuelo en el enjugaremos nuestras lagrimas porque al contemplarlo tal y como es seremos bendecidos por su amor. Y nuestra gloria será en la gloria del Señor.
3.     Dichosos los humildes, porque heredarán la tierra prometida: La humildad, es actitud de vida, la humildad no es sinónimo de pobreza, sino disposición de escucha a Dios y hacer su voluntad: Significa que el que escucha vive en gracia, debe empeñar su vida para mantener el estado de gracia y estar dispuesto a perder la vida terrena antes que perder la gracia, el que escucha debe practicar la misericordia para salvarse (Mt 25, 31-40) Escuchar es vivir la experiencia del reino que es la nueva tierra prometida en la nueva alianza (Cfr. Sal 37,3.9.11.22.29) Es estar y vivir en la confianza, es obedecer los mandatos del Señor (Cfr. Mt 5,13-7,29; Jn 14,23-15,27; Dt 7,7-8; 8,11-20).
4.     Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia porque serán satisfechos: Entandamos esta bienaventuranza en el contexto de las tentaciones: “No solo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que salga de los labios del Señor” (Mt 4,4; Cfr. Dt 8,3) Y la justicia ha de ser mayor a los hombres del mundo y a los fariseos y maestros de la ley (Cfr. Mt 5,20; Pro 21,1) No podemos reproducir las injusticias del mundo, justificándolas con una falsa humildad u obediencia sacrificial.
5.     Dichosos los compasivos porque Dios tendrá compasión de ellos: Es el llamado a vivir en la experiencia de Dios que hace salir el sol sobre buenos y malos (Cfr. Mt 5,45.48; Lc 6,34-36), para que nosotros seamos compasivos y misericordiosos como Él (Cfr. Lc 6,36-37) Y así aprenderemos a tener misericordia como el buen samaritanos (Lc 10,25-37). Caminando en la misericordia seguiremos los pasos de Jesús que tuvo misericordia con los necesitados.
6.     Dichosos los de corazón limpio porque verán a Dios: Estos son los que aman a Dios y al prójimo como nos manda el Señor: “Amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas…Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay preceptos mayores que estos” (Mc 12,30-31; Cfr. Sal 24,3-4). 
7.     Dichosos los que trabajan por la paz, porque Dios los llamará hijos suyos: La paz es el camino de encontrar el reino: “¡Paz a ustedes! (Jn 20,21) El discípulo hermanos, vive en función de la comunidad del reino y busca la manera de vivir en armonía con todos y está en relación de amor con Dios (Cfr. Sal 34,14; Prov 12,20) Esta relación se refleja en la armonía que vive con los hermanos de la comunidad no haciendo el mal a los demás: “Traten a los demás como quieren que los traten a ustedes” (Mt 7,12) Porque “el que ama no hace mal al prójimo” (Rm 13,10).
8.     Dichosos los perseguidos por hacer lo que es justo: La justicia es vivir en armonía con Dios, es escuchar su Palabra y obedecerle, es no hacerle mal al prójimo (Cfr. Mt 3,15; 1P 3,8-14. 4,8-11) La justicia es hacer la voluntad del Padre, es estar dispuestos en hacer lo que es justo ante Dios, es vivir desde el cumplimiento de esta justicia (Cfr. Mt 5,6.10.20; 6,33; 21,32). Porque de ellos es el reino de los cielos: Es llegar a la plenitud en el amor de Dios, que es camino, es servicio, es presencia vivida en la comunidad de creyentes.
9.     Dichosos los que sufren persecución por causa del nombre de Jesús: (Cfr. 1P 4,14; Mt 5,46; 6,1; 10,42; 2Cro 36,16; Hec 7,52) Seguir a Jesús es causa de división, es propiciar cambios que afectan a otros. Es cambiar de actitud de vida, es convertirse y esto muchas veces, ofende a otros que intentan calumniar y destruir ya que su estructura de vida es diferente a la del seguidor de Jesús.
Jesús en la pedagogía de las bienaventuranzas hace viable el reino de Dios, lo coloca como itinerario de vida perfecta porque ya está presente y es una realidad palpable, siempre y cuando nos olvidemos de nosotros mismos para vivir en la ciudad de Dios, las Bienaventuranzas no reducen el futuro al juicio condenatorio del infierno, sino que nos conducen a la vida porque es un programa de vida en la pedagogía de la Cruz, en este itinerario de vida hay que dejar los apegos que nos embriagan con el vino de la idolatría, del dinero, de las personas, del poder, del odio y la venganza, de la violencia que es causa de división y discordia.
Las Bienaventuranzas son por tanto el programa de vida que Jesús ha hecho presente en la comunidad de los santos comunidad de discípulos-hermanos que viven la pascua eterna del Padre. Los apegos corresponden a la ciudad terrena porque nos olvidamos de Dios haciendo culto de la auto- idolatría reduciendo así el futuro al simple abandono de Dios y reduciendo la Ciudad santa donde Dios a un santuario de Piedra. Mientras que los Bienaventurados que han alcanzado la santidad en la pedagogía de la Cruz son los que se olvidan de sí y sus apegos para vivir en la ciudad de Dios.
En este aspecto, para profundizar nuestra vida como Bienaventurados San Agustín en su comentario sobre el sermón del monte, L I, 3-9.13 nos ilumina con reflexión:
Pero oigamos a aquel que dice:
1.     Felices los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Leemos que se ha escrito sobre el deseo de los bienes de la tierra: Todo es vanidad y presunción del espíritu; ahora bien, presunción del espíritu significa arrogancia y soberbia. El común de la gente dice que los soberbios poseen un gran espíritu ciertamente, y es porque también en algunos momentos al viento se le llama espíritu. Por esto, en la Escritura leemos: el fuego, granizo, nieve, hielo, espíritu de tempestad. ¿Quién podría ignorar que los soberbios son considerados inflados, como si estuviesen dilatados por el viento? De donde viene aquello del Apóstol: La ciencia hincha, la caridad edifica. También por esto en el texto bíblico son significados como pobres en el espíritu los humildes y aquellos que temen a Dios, es decir, los que no poseen un espíritu hinchado. Y no debía comenzar la bienaventuranza de otro modo, dado que debe llegar a conseguir la suma sabiduría. En efecto, el principio de la sabiduría es el temor del Señor, puesto que, por el contrario, está escrito que el principio de todo pecado es la soberbia. Por consiguiente, los soberbios apetezcan y amen los reinos de la tierra: Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
2.     Felices los humildes, porque poseerán la tierra por herencia. Creo que se alude a aquella tierra a la que se refieren los salmos: Tú eres mi esperanza, mi porción en la tierra de los vivientes. En efecto, simboliza una cierta solidaridad y estabilidad de la herencia perenne, porque en ella el alma, mediante un buen afecto, reposa como en su propio lugar, de la misma forma que el cuerpo sobre la tierra y de ahí toma su alimento como el cuerpo de la tierra. Ella misma es el descanso y la vida de los santos. Son humildes quienes ceden ante los atropellos de quienes son víctimas y no hacen resistencia a la ofensa, sino que vencen el mal con el bien. Litiguen, pues, los soberbios y luchen por los bienes de la tierra y del tiempo; no obstante, felices los humildes, porque tendrán como heredad la tierra, aquella de la cual no han podido ser expulsados.
3.     Felices los que lloran, porque ellos serán consolados. El luto es la tristeza por la pérdida de los seres queridos. Los convertidos a Dios pierden todo aquello a lo que estaban abrazados en este mundo; pues ya no se alegran con las cosas que se alegraban en otro tiempo y, mientras que no se produzca en ellos el amor de los bienes eternos, están doloridos de una cierta tristeza. Serán, pues, consolados por el Espíritu Santo, ya que especialmente por esto se le llama Paráclito, es decir Consolador, a fin de que, dejando las cosas temporales, se gocen en las eternas alegrías.
4.     Felices los que tienen hambre y sed de la justicia, porque serán saciados. Se refiere aquí a los amadores del bien verdadero y eterno. Serán, pues, saciados de aquella comida de la que dijo el Señor: Mi comida es hacer la voluntad de mi Padre, que es la justicia, y de aquella agua de la cual quien beba, como Él mismo dice, se convertirá en él en fuente de agua que salta hacia la vida eterna
5.     Felices los misericordiosos, porque de ellos se hará misericordia. Llama felices a los que socorren a los infelices, porque a ellos se les dará como contrapartida al ser librados de la infelicidad.
6.     Felices los que tiene un corazón limpio, porque ellos verán a Dios. Son insensatos los que buscan a Dios con los ojos del cuerpo, dado que se le ve con el corazón, como está escrito en otro lugar: Buscadlo con sencillez de corazón. Un corazón limpio es un corazón sencillo. Y como esta luz del día solo puede ser vista con ojos limpios, así no se puede ver a Dios si no está limpia la facultad con la cual puede ser visto.
7.     Felices los hacedores de paz, porque se llamarán los hijos de Dios. La perfección está en la paz, donde no hay oposición alguna; y, por tanto, son hijos de Dios los pacíficos, porque nada en ellos resiste a Dios; pues, en verdad, los hijos deben tener la semejanza del Padre. Son hacedores de paz en ellos mismos los que, ordenando y sometiendo toda la actividad del alma a la razón, es decir a la mente y a la conciencia, y dominando todos los impulsos sensuales, llegan a ser Reino de Dios, en el cual de tal forma están todas las cosas ordenadas, que aquello que es más principal y excelso en el hombre, mande sobre cualquier otro impulso común a hombres y animales, y lo que sobresale en el hombre, es decir la razón y la mente, se someta a lo mejor, que es la misma verdad, el Unigénito del Hijo de Dios. Pues nadie puede mandar a lo inferior si él mismo no se somete a lo que es superior a él.
Esta es la paz que se da en la tierra a los hombres de buena voluntad, es la vida dada al sabio en el culmen de su perfección. De este mismo reino tranquilo y ordenado ha sido echado fuera el príncipe de este mundo, que es quien domina a los perversos y desordenados. Establecida y afianzada esta paz interior, sea cual fuere el tipo de persecución que promueva quien ha sido echado fuera, crece la gloria que es según Dios; y no podrá derribar parte alguna de aquel edificio y con la ineficacia o impotencia de las propias máquinas de la guerra, significa la gran solidez con que está estructurada desde el interior. Por esto continúa: Felices aquellos que sufren persecución por ser honestos, porque de ellos es el reino de los cielos.
8.     Seréis felices, continúa, cuando os insulten y os persigan y, mintiendo, dijeren toda clase de maldades contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque será grande vuestra recompensa en los cielos. Cualquiera que busque en el nombre de cristiano la gloria de este mundo y la abundancia de los bienes de la tierra, advierta que nuestra felicidad está en el interior, como se dice del alma de la Iglesia con las palabras del profeta: toda la belleza de la hija del rey está en el interior. Pues desde el exterior se prometen injurias, persecuciones, difamaciones, por las cuales será grande la recompensa en los cielos, la cual se percibe en el corazón de los que sufren, de los cuales se ha podido decir: nos gloriamos en los sufrimientos, ya que sabemos que los sufrimientos producen paciencia, y la paciencia es una virtud puesta a prueba y la virtud probada produce la esperanza; y la esperanza no defrauda, ya que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado.
En efecto, no es suficiente sufrir estos males para recoger el fruto, sino que hace falta soportarlos por el nombre de Cristo, y no solo con ánimo tranquilo, sino incluso hasta con alegría. En efecto, muchos herejes, bajo el nombre de cristianos, conducen a error a las almas, soportan muchos de estos sufrimientos, pero son excluidos de tales recompensas, ya que no solo ha sido dicho: felices los que sufren persecuciones, sino que se ha añadido: por la justicia. Pues donde no hay una recta fe, no puede haber justicia, ya que el hombre justo vive de la fe. Ni tampoco los cismáticos presuman de obtener tal recompensa, dado que no es posible que se dé honestidad donde no hay caridad. En efecto, el amor al prójimo no hace el mal; pues si lo tuvieran, no hubieran desgarrado el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia[1].

[1] San Agustín Sermón del monte Libro I, 3-9. 13.