lunes, mayo 08, 2017

APOCALIPSIS XX

LA NUEVA CREACIÓN III

El que estaba sentado en el Trono dijo:
“Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5a). 
Καὶ εἶπεν ὁ καθήμενος ἐπὶ τῷ θρόνῳ, Ἰδού, πάντα καινὰ ποιῶ.


La novedad de la nueva creación está en la pedagogía de la Cruz, la pedagogía de la Cruz es vivir en la pascua eterna, es asumir en la vida la inmortalidad del inmortal, es decir, desprendernos de nuestra pesada vida, para vivir en la vida de Jesús, es cargar el yugo con el yugo de Jesús, es dejar el cansancio y el agobio para participar del descanso pascual del Señor (Cfr. Mt 11,28-30):
El inmortal asumió la mortalidad para morir por nosotros, para con su muerte dar muerte a la nuestra. Esto hizo Dios; esto nos concedió. El grande se humilló; después de humillado se le dio muerte; muerto, resucitó y fue exaltado, para no abandonarnos muertos en el infierno, sino para exaltar en sí en la resurrección final a quienes exaltó ahora mediante la fe y la confesión de los justos. Así, pues, nos dejó el camino de la humildad. Si lo seguimos, confesaremos al Señor y cantaremos con motivo: Te confesaremos, ¡oh Dios!, te confesaremos e invocaremos tu nombre. (San Agustín Comen. al Sal 74,2).
Desde esta perspectiva, nacemos en la inmortalidad de Jesús, que se hizo mortal para participarnos de su inmortalidad, por eso, siendo inocente cargó con los pecados del pueblo rebelde en el madero- el árbol de la Cruz- Convertido en árbol de la vida. Allí Jesús enfrenta su destino: Muerte y Vida. En el altar de la cruz se entrega por amor a su pueblo, haciendo la voluntad del Padre (Cfr. Lc 22,42) Jesús el Siervo de Dios que cargó sobre si la injusticia y la miseria: “Y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes. Maltratado, aguantaba, no abría la boca; como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante el esquilador, no abría la boca” (Is 53,6-7) Jesús ha vencido el dolor del pecado en su propia humanidad, haciéndose dolor: Tomó para sí las heridas del pueblo, se hizo sacrificio y redención. Dios ha bajado a solidarizarse con el dolor del ser humano, haciendo todas las cosas nuevas en la Cruz e incluso hasta el dolor.
Entendiendo la cruz de Cristo, como pedagogía de Salvación, era necesario su sacrificio redentor. Este sacrificio era necesario para que diera la salvación como primicia de la realidad el reino de Dios y su justicia: “Busquen primero el reino de Dios y su justicia” (Mt 6,33) Jesús entrega su vida para hacer viable el Reino en su propia vida, desde el amor que supera todo amor: “Tanto amó dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que quien crea en Él no muera, sino tenga vida eterna” (Jn 3,16).
El que muere en la Cruz es quien ha purificado la concepción piadosa del sufrimiento del dolor como condición humana de resignación con la Cruz, la condición humana de dolor es resiliencia en la memoria humana, que lo vive como fortaleza esperanzadora en el que ha sido coherente y que ha hecho del sufrimiento y el dolor la arrasadora novedad de asumirlo no como condena sino como redención: “Dios no envío a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de Él” (Jn 3,17).
Por eso la salvación es la novedad de la pedagogía de la cruz en la que se hace juicio a la antigua creación y liberados de los prejuicios de está entramos en la nueva creación en la Resurrección sin pecado: “El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz. Y es que sus acciones eran malas” (Jn 3,19) También es condenada la muerte, es condenada porque Jesús ha sido levantado para atraer a muchos hacia sí: “Cuando yo sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32).
Este es el acontecimiento del cumplimiento de las promesas plenificado en las Palabras pronunciadas por Jesús, en la Cruz todo se ha hecho nuevo, no es el final de la historia, sino que con Cristo comienza los tiempos últimos, porque Dios se ha revelado en Él de modo definitivo y todos seremos en Él y todo se renueva con Él (Cfr. Ap. 21,4.5) Él es la nueva creación porque en la Cruz todo es sometido a Cristo: “Todo ha sido sometido bajo sus pies…Cuando todo le quede sometido, también el Hijo se someterá al que le sometió todo, y así Dios será todo para todos” (1Cor 15,27.28):



Así, pues, no éramos buenos; tuvo piedad de nosotros y envió a su único Hijo a morir, no por los buenos, sino por los malos; no por los justos, sino por los impíos. He aquí que Cristo murió por los impíos. ¿Cómo sigue? Apenas hay quien muera por un justo: pero, efectivamente, quizá alguien se atreva a morir por una persona de bien. Tal vez se encuentre alguien que esté dispuesto a morir por una persona buena. Mas por una persona injusta, impía, inicua, ¿quién iba a querer morir, sino solamente Cristo, justo hasta el punto de santificar a los injustos? Por lo tanto, hermanos, no poseíamos ninguna obra buena; todas eran malas. Pero aun siendo tales las obras de los hombres, su misericordia no los abandonó y, siendo merecedores de castigo, él, en lugar del castigo debido, les otorgó la gracia que no merecían. Y envió a su Hijo para rescatarnos, no con oro, ni con plata, sino con el valor de su sangre derramada, como cordero inmaculado conducido al sacrificio en favor de las ovejas manchadas, si es que sólo manchadas y no totalmente infectas. Hemos recibido esta gracia. Vivamos, pues, de manera digna de la misma, para no hacer injuria a gracia tan sublime. Un médico extraordinario vino a nosotros y perdonó todos nuestros pecados. Si queremos enfermar de nuevo, seremos, además de perniciosos para nosotros mismos, ingratos para con el médico (San Agustín. Comentario al Sal 74,2).


En el Resucitado todo es nuevo y es necesario escribirlo en la memoria litúrgica dl pueblo, es necesario que se escriba para que vean la novedad de la creación en Cristo Jesús - El Cordero degollado - Y así podamos beber de las palabras verdaderas pronunciadas del que está sentado en el Trono: “El cual ha dicho la verdad de todo lo que vio, y es testigo del mensaje de Dios confirmado por Jesucristo. Dichoso el que lee y dichosos los que escuchan la lectura de este mensaje profético, hacen caso de lo que aquí está escrito” (Ap 1,2-3) Por esta razón, el que está sentado en el Trono ha mandado a escribir estas palabras verdaderas desde el principio del libro y ahora en la etapa final del libro para que podamos leer su verdad, la verdad de Dios: “Escribe, porque estas palabras son verdaderas y dignas de confianza” (Ap 21,5b).
Todo está cumplido: “_Y dijo todo está cumplido” (Jn 19,30) – “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5a) – “Y vio que todo estaba bien” (Gn 1, 4. 10.12.18. 21.25.31) Este es el cumplimiento de las promesas, la creación antigua ha pasado y ahora todo ha sido renovado en Cristo Jesús porque hemos creído en su sacrificio y hemos superado la angustia y el dolor, ya no somos los afligidos porque el cargo sobre sí nuestros dolores, para darnos el gozo de la vida y en la vida de su inmortalidad porque es la entrega plena del que ha creído hasta el final en la justicia de Dios. Las palabras de Jesús escrita es la más clara motivación a vivir desde la solidaridad, amando al Padre con todo el “Corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas” (Dt 6,5), amando al “Prójimo como a nosotros mismos” (Lv 19,18).
Por esta razón, en la cruz el creyente mirará el nuevo rostro del Hijo, el rostro de aquel que lo ha dado todo y por Él se crea todo y nada se hizo sin Él (Cfr. Jn 1,3) Todo se volverá hacer con Él y sin Él nada de lo creado, se recreará en el futuro porque Él es que era, el que es y el que vendrá. Esta es la vida (Cfr. Jn 1,4) que brota de la nueva creación de su costado abierto (Cfr. Jn 19, 34) Esta es la nueva creación en la cruz del cielo nuevo y la tierra nueva en el que traspasaron: “Miraran al que traspasaron” (Jn 19,37; Cfr. Zac 12,10).
Jesús al ser levantado en la cruz es signo de salvación y de renovación por su glorificación en la cruz adquiere la identidad de la nueva creación, para que todo el que lo mire se renueve y crea y creyendo tenga vida. Esta es la creación renovada en Cristo - El Cordero inmolado -. En la Cruz, el peregrino de Dios, el siervo cansado asume su condición de siervo, y nosotros cansados pero consolados asumimos la condición de nuevas criaturas, ahora somos los ciudadanos del reino que nos encontramos en la creación de Jesús y cansados asume el nuevo consuelo en la creación nueva:
“Cansado del camino, Jesús estaba sentado junto a la fuente. Era aproximadamente el mediodía. Comienzan los misterios: No es en vano que Jesús se cansa; no es en vano que se cansa aquél que es la fuerza de Dios; no es en vano que se cansa aquél que nos restaura cuando estamos cansados, que cuando está presente estamos firmes, y enfermos cuando nos deja (…). Por ti Cristo se cansó del caminar. Encontramos a Jesús fuerte y encontramos a Jesús débil; Jesús fuerte y Jesús débil. Fuerte, porque en el principio era el Verbo y el Verbo estaba junto a Dos y el Verbo era Dios… ¿Quieres saber cuán fuerte es este Hijo de Dios? Todo fue hecho por medio de Él y nada se hizo sin Él. Y sin fatiga lo hizo. ¿Quieres conocerlo débil? El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. La fuerza de Cristo te creó; la debilidad de Cristo te recreó. La fuerza de Cristo hizo que existiera lo que no era; la debilidad de Cristo hizo que no pereciese lo que era. Con su fuerza nos creó, con su debilidad nos buscó” (Agustín, tr. Jo 15,6).
Recapitulación (Ap 21,6-27)
Cristo, es el principio de toda la creación y el fin hacia donde tiende toda la creación (Cfr. Ap 1,8; 21,6) Allí se colmará la sed de la justicia y beberán de la fuente de la salvación (Cfr. Jn 4,0.14; 7,37; Is 55,1) con la que será alimentado el nuevo pueblo de Dios, el pueblo de la nueva alianza que ha sido llevado a vivir en la Ciudad Santa. En estos versículos se hace una recapitulación de las imágenes que han pintado los capítulos anteriores en los que se barniza la esperanza construida para que no se corrompa en el presente y se mantenga la memoria del pasado iluminando el futuro esperanzador de la generación que empieza a recuperar la esperanza en Dios que libera a su pueblo de la muerte y de la idolatría de esta.
En los versículos siguientes encontramos los elementos que a continuación brevemente detallamos:
V 7a: El que salga vencedor recibirá todo esto como herencia: Con esta fórmula concluye cada una de las siete catas a las siete Iglesias (Ap 2-3) y en estos versículos forma parte de la conclusión del libro. El vencedor es heredero de la victoria del Cordero- El Salvador-.
V 7b: Y yo seré su Dios y él será mi hijo- Recoge la tradición del descendiente de David que reinará por siempre en el pueblo de Dios: “Yo seré para él un Padre, y él será para mí un hijo” (2S 7,14a; Cfr. Gn 49,10; Jr 30,21-22; Sal 89,26-27).
V 8: Todo el que se ha dejado contaminar de la idolatría: Los cobardes, incrédulos, los odiosos, los asesinos, los inmorales sexuales, los que practican brujerías, los que adoran ídolos, los mentirosos, todos estos recibirán el castigo prometido en la segunda muerte (Cfr. 1Cor 6, 9-12; Ap 3,20) Por haber sido infieles y haber blasfemado el nombre del Señor.
Los que obran mal son desleales y no practican la justicia, frente al pueblo de Dios (Cfr. Rm 1,31) esta es la razón por la que no pueden participar en la ciudadanía del reino, la ciudadanía eterna en la ciudad de Dios. Todos los que actúan mal han perdido opciones de salvación por no asumir el camino de los vencedores junto al Cordero e irán a la segunda muerte (Cfr. Ap 2,11; 20,14; Mt 10,28; 25,41) La segunda muerte es vivir totalmente sin Dios, sin esperanza, es decir, ausencia total de Dios en la vida, es reducir el futuro al juicio y a la condena- Reducción del futuro a la muerte-.
V9: Los siete ángeles, las siete copas y las calamidades: Recrea la imagen de los siete ángeles y las siete copas (Cfr. Ap 19,7-8; Ap 17,3).
V10: El Espíritu le muestra otra visión: Las visiones son contacto visual con la realidad en imágenes recreadas del Antiguo Testamento o mitológicas de las culturas vecinas, estás la asume el vidente como acontecimientos que suceden y están cumpliéndose, pero que a la vez son visiones futuras realizadas realizándose. En esta visión, el vidente es llevado a un monte alto y ve a la Ciudad Santa, que bajaba de lo alto; esta imagen es tomada de Ezequiel (Ez 40,1-4) y la recrea en el libro y dibuja el cuadro apocalíptico de la nueva ciudad bajada del cielo con el pincel apocalíptico de la esperanza-futuro- renovada y renovadora en Cristo Jesús- El Cordero que está en el Trono-.
V 11-13: Con la imagen de las piedras en las puertas de la muralla, se describe el pectoral del sacerdote, por esta razón las murallas es acción proteccional cultual, es acontecimiento litúrgico. La presencia de los doce ángeles en las doce puertas marcadas con los nombres de las 12 tribus de Israel, representa la Antigua Alianza que ha caducado (Cfr. Rm 7,6) Ahora hay nueva Alianza, el antiguo pueblo ha sido renovado en el nuevo pueblo que ha sido elegidos por el Cordero y sus nombres están escritos en la gran muralla litúrgica (Ex 40,1-11) de la ciudad pascual- ciudad santa- que brilla con la luz del Señor (Cfr. Is 60,1-2) Las puertas prefiguran el orbe entero, allí brillará el Señor inundando con su luz el gozo y la alabanza. Tres puertas por cada punto cardinal: Este, Norte, sur, oeste (Cfr. Ez 48,30-35).
V 14: La imagen de los 12 Apóstoles: Los doce apóstoles son los pilares de la comunidad de la nueva Alianza, sobre ellos esta cimentado el edificio de la Iglesia naciente; la tradición apostólica es leída en la Iglesia como el fundamento de esta: “Edificados sobre el cimiento de los apóstoles, con el Mesías Jesús como piedra angular” (Ef 2,20) La tradición apostólica es la que sostiene a la comunidad cristiana en su fe, por esta tradición se ha mantenido la herencia recibida de la Antigua Alianza y se ha edificado la Nueva Alianza.
V 15-17: Medición de la ciudad (Cfr. Ez 40,3-4): La purificación del culto se da por medio de la medición de la ciudad, sus medidas, su hermosura es símbolo de pureza porque es nueva, su novedad es la construcción, ha sido construida en la santidad. La base de la ciudad es perfecta, es cuadrada, su perfección es el lugar santo de Dios: el Templo (1R 6,20) Esta es una ciudad perfecta porque allí habitarán los santos del Señor. Todas las medidas son múltiplo de 12: Doce mil estadios (2.200Km) y ciento cuarenta y cuatro codos (65 m) Estas medidas fueron tomadas por el ángel según las medidas humanas. Dios ha pesado a la humanidad, para que la humanidad sea perfecta en el único perfecto para que podamos llegar a ser perfectos (Mt 5,48).
V 18-21: El pueblo sacerdotal:  La ciudad santa estaba rodeada por una muralla de diamante; como ya hemos visto el autor del Apocalipsis describe y compara la belleza cultual con piedras preciosas, la ciudad simboliza el culto purificado a Dios que los santos le tributan, por esta condición cultual recrea la imagen del que estaba sentado en el trono como el objeto del culto: “El que estaba sentado en el trono tenía el aspecto de un diamante” (Ap 4,3) La muralla que coloca en Ap 21,11-13, está dibujada en las imágenes de las doce tribus de Israel y los doce apóstoles : La antigua alianza y la nueva alianza.
Las doce puertas están hechas con una piedra preciosa cada una; la ciudad era de oro pulido, como un cristal, el oro es símbolo de la ciudad celestial, que dibuja el culto perfecto a Dios y al Cordero. La muralla y las puertas son signo del culto santo dado a Dios por el pueblo que ha sido considerado digno de tal honor, por ser un pueblo sacerdotal tiene grabado el pectoral del Sacerdote israelita, por esto las piedras de las puertas forman el pectoral sacerdotal (Cfr. Ex 28, 17-20; 39,10-13; Is 54,11-12; Tob 13,17; Ap 1,12-16) Las piedras que adornaban el pectoral son: Diamante, Zafiro, Ágalta, Esmeralda, Ónice, Rubí, Crisólito, Berilo, Topacio, Crisoprasa, Jacinto, Amatista, doce como las tribus israelitas (Cfr. Gn 49; Ex 38,15-21; 39,10-13; Ez 28,13).
Las puertas estaban hechas de una sola piedra preciosa y toda la ciudad era de oro puro pulido, como vidrio trasparente, porque esta es la ciudad de la santidad cultual y está protegida por las tribus de Israel y los doce apóstoles, la muralla da seguridad y protección para que no entren los enemigos del Cordero. Las puertas también simbolizan los doce ángeles que custodian y guardan la tradición de los profetas, los testigos de la Palabra. Las piedras preciosas dejan de ser adornos simples de los pectorales sacerdotales antiguos, para formar ahora el pectoral del nuevo pueblo de Dios que ha sido fortalecido con la Palabra del Hijo, trasmitida por los apóstoles; la Ciudad es el Templo, la creación perfecta que brilla ante Dios, desde Dios y para Dios, por eso es perfección pascual y cultual porque brilla como una esmeralda (Cfr. Ap 4,3b).
V 22-27: Dios y el Cordero santuario de la nueva ciudad- La ciudad de Dios:
Dos amores han dado origen a dos ciudades: El amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la tierra; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la celestial” (San Agustín. De Civ. Dei L. XIV, 28).
La ciudad de Dios se gloria en el Señor, está llena del amor de Dios, no hay espacio para la ciudad de los hombres que se glorían en sí mismos en su propio egoísmo perverso, en la ideología del poder causante de todo tipo de violencia, su templo es la ideología del odio. En cambio la ciudad de Dios no tiene templo- santuario- Dios es su santuario junto con el Cordero (Cfr. Ez 11,16) Dios forma este nuevo pueblo en sí mismo para el olvido de la idolatría piadosa, enfermiza y de apegos místicos.
El santuario para el pueblo de la Antigua alianza era necesario, allí ofrecían culto al poder religioso-político y lo justificaban con el culto a Dios, según sus praxis, Dios era el centro del Santuario, Él habitaba allí, todo el poder religioso se centraba aquí, pero el pueblo era marginado de esa centralidad, solo era tenido en cuenta para el ofrecimientos de las dadivas; las autoridades administraban el saber y los bienes del pueblo, eran dueños de Dios, y en su nombre justificaban la explotación de las ofrendas obligatorias, según esto Dios cobraba impuesto al pueblo, similar a los impuestos de la ciudad pecadora que estaba dirigida por el Emperador y a sus príncipes.
El nuevo pueblo de Dios en la ciudad santa, no necesita de santuarios, porque no es una ciudad estado, sino la ciudad de Dios, no necesita de intermediarios por el que el pueblo es santo y Él está presente junto al Cordero y ellos son el Santuario, Dios y el Cordero han recuperado su lugar en el nuevo pueblo, en la nueva ciudad, en la nueva Jerusalén, por esta razón esta nueva ciudad ha bajado del cielo de, la mano de Dios porque ya no es ciudad de poder religioso-político, sino ciudad de culto, es la ciudad de la liturgia espiritual que no tiene santuario de piedra, pero goza de la dulzura del amor cultual de Dios en espíritu y vida que ha construido un santuario con la comunidad santa:
Créeme, mujer, que llega la hora en que ustedes adorarán al Padre sin tener que venir a este monte ni ir a Jerusalén…Llega la hora, y está aquí, cuando lo que de veras adoran al Padre lo harán de un modo verdadero, conforme al Espíritu de Dios. Pues el Padre quiere que así lo hagan los que lo adoran. Dios es Espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo de modo verdadero, conforme al Espíritu de Dios (Jn 4,21.23-24).
El santuario de piedra ya no es central, “no es casa de hombres, no es cueva de bandidos” (Mt 21,12-13; Cfr. Mc 11,15-18; Lc 19,45-46; Is 56,7; Jr 7,11) allí no está Dios como institución, el Santo está con los santos porque el celo por su casa lo devora (Cfr. Sal 69,9) y los santos están con el Santo, Dios no vive en templos de piedra, Dios está en el corazón de cada uno (Cfr. Lc 17,21; Mt 6,6; 1Cor 3,16; Hec 17,28; 1Jn 4,16b): “El Señor no habita en templos hechos a mano, como dice el profeta Isaías: El cielo es mi trono, la tierra el estrado de mis pies. ¿Qué casa me edificarás?, dice el Señor; o ¿Cuál es el lugar de mi reposo? ¿No hicieron mis manos estas cosas? ¡Duros de cerviz, y incircuncisos de corazón y de oídos! Ustedes resisten siempre al Espíritu Santo; como sus padres, así también ustedes” (Hec 7,48-51; Cfr. Is 66,1-2; Sm 7,5-7).
La ciudad no necesita luz de sol ni de luna, porque la luz de Dios, su resplandor la ilumina (Is 60,1.19-20) Solo le basta la luz de Dios, ya no es necesario la luz del sol en el día, ni la luz de la luna en la noche. La creación es nueva, solo Dios alumbra, porque la lámpara es el Cordero (Cfr. Jn 8,12) Todas las naciones se beneficiarán de la luz de la ciudad y los reyes pondrán sus riquezas al servicio de la ciudad (Is 2,3; 60,3-5; Ap 7,9) los que antes se alejaron de la ciudad pecadora, ahora vendrán a recibir de esta luz divina.
La ciudad es una ciudad de puertas abiertas, la oscuridad no se volverá a ver (Cfr. Is 60,11; Zc 14,7) Allí le entregarán riquezas, pero no se corromperá, como la ciudad pecadora, nada impuro podrá entrar en ella (Cfr. Is 52,1; Ez 44,9) Nadie de corazón torcido podrá entrar, los que incitan a la idolatría serán rechazados las piedras preciosas de las puertas de la muralla no le permitirán la entrada, la maldad no tiene cabida en la nueva ciudad, la ideología del poder, la ideología del odio, serán apartadas de la ciudad santa. Solo los que están inscrito con el nombre del Cordero en el libro de la vida (Cfr. Ap 3,5; 20,12.15) serán admitidos, porque pertenecen al Cordero y podrán disfrutar el gozo del Señor, porque ellos serán los destinatarios de la Esperanza salvífica en el reino de Dios.
La ciudad de Dios, es la ciudad de los bienaventurados que blanquearon su vida con la sangre del Cordero y tienen la marca del nuevo nombre de Dios, los bienaventurados son los que han llegado a la perfección en la santidad, son los que han recuperado el amor primero, siendo obedientes hasta salir vencedores en la vitoria de Cristo.
Los bienaventurados (Mt 5,1-12; Lc 6,20-23) son los que viven felices porque han heredado el reino de Dios, los mansos heredarán la tierra, los que lloran  serán consolados, los que tienen hambre y sed de justicia  serán saciados, los misericordiosos alcanzarán misericordia, los limpios verán a Dios, los que trabajan por la paz serán llamados hijos de Dios, los perseguidos por causa de la justicia  heredarán el reino de los cielos y los insultados y perseguidos por causa del anuncio del evangelio serán recompensados en el cielo:
1.     Dichosos los que tienen espíritu de pobres: Estos son los cristianos que colocan su confianza en hacer la voluntad del Padre y no en reducir la vida en el deseo de la acumulación de los bienes materiales, son los que no se dejan embriagar por el vino de la idolatría material, sino que colocan toda su confianza en Dios (Cfr. Sal 22,24; 69,32-34; Is 29,19; 61,1-2; Mt 6, 24-34; 11,5; Lc 4,18; St 2,5).  Porque de ellos es el reino de los cielos: el reino es la presencia de Jesús, este reino es ofrecido a los que le siguen dejándolo todo por Él (Cfr. Mt,3,2) esta propuesta de dejarlo todos es el camino de los que viven el riesgo de cambiar su vida por ser parte de la novedad del anuncio de Jesús y vivir en solidaridad en la comunión de bienes, en la comunidad del reino formada por hermanos-discípulos, que su último deseo es acumular riquezas para vivir fuera del reino. 
2.     Dichosos los que sufren porque serán consolados: El sufrimientos no se refiere a la enfermedad física, ni a la mal llamada enfermedad espiritual como estamos acostumbrados a manifestar o hacer coincidir el dolor a los sufrimientos evangélicos. Este sufrimiento se refiere a las opciones que asumamos frente al reino, es afrontar los conflictos internos de la idolatría de los bienes, a vivir la esperanza en los bienes del reino. Este sufrimiento hace también referencia a la alegría de estar en disposición del reino, vivir comprometidos con la causa de Jesús (Cfr. Sal 126,5-6; Is 57,18; 61,2-3) Porque solo en Dios es el consuelo en el enjugaremos nuestras lagrimas porque al contemplarlo tal y como es seremos bendecidos por su amor. Y nuestra gloria será en la gloria del Señor.
3.     Dichosos los humildes, porque heredarán la tierra prometida: La humildad, es actitud de vida, la humildad no es sinónimo de pobreza, sino disposición de escucha a Dios y hacer su voluntad: Significa que el que escucha vive en gracia, debe empeñar su vida para mantener el estado de gracia y estar dispuesto a perder la vida terrena antes que perder la gracia, el que escucha debe practicar la misericordia para salvarse (Mt 25, 31-40) Escuchar es vivir la experiencia del reino que es la nueva tierra prometida en la nueva alianza (Cfr. Sal 37,3.9.11.22.29) Es estar y vivir en la confianza, es obedecer los mandatos del Señor (Cfr. Mt 5,13-7,29; Jn 14,23-15,27; Dt 7,7-8; 8,11-20).
4.     Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia porque serán satisfechos: Entandamos esta bienaventuranza en el contexto de las tentaciones: “No solo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que salga de los labios del Señor” (Mt 4,4; Cfr. Dt 8,3) Y la justicia ha de ser mayor a los hombres del mundo y a los fariseos y maestros de la ley (Cfr. Mt 5,20; Pro 21,1) No podemos reproducir las injusticias del mundo, justificándolas con una falsa humildad u obediencia sacrificial.
5.     Dichosos los compasivos porque Dios tendrá compasión de ellos: Es el llamado a vivir en la experiencia de Dios que hace salir el sol sobre buenos y malos (Cfr. Mt 5,45.48; Lc 6,34-36), para que nosotros seamos compasivos y misericordiosos como Él (Cfr. Lc 6,36-37) Y así aprenderemos a tener misericordia como el buen samaritanos (Lc 10,25-37). Caminando en la misericordia seguiremos los pasos de Jesús que tuvo misericordia con los necesitados.
6.     Dichosos los de corazón limpio porque verán a Dios: Estos son los que aman a Dios y al prójimo como nos manda el Señor: “Amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas…Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay preceptos mayores que estos” (Mc 12,30-31; Cfr. Sal 24,3-4). 
7.     Dichosos los que trabajan por la paz, porque Dios los llamará hijos suyos: La paz es el camino de encontrar el reino: “¡Paz a ustedes! (Jn 20,21) El discípulo hermanos, vive en función de la comunidad del reino y busca la manera de vivir en armonía con todos y está en relación de amor con Dios (Cfr. Sal 34,14; Prov 12,20) Esta relación se refleja en la armonía que vive con los hermanos de la comunidad no haciendo el mal a los demás: “Traten a los demás como quieren que los traten a ustedes” (Mt 7,12) Porque “el que ama no hace mal al prójimo” (Rm 13,10).
8.     Dichosos los perseguidos por hacer lo que es justo: La justicia es vivir en armonía con Dios, es escuchar su Palabra y obedecerle, es no hacerle mal al prójimo (Cfr. Mt 3,15; 1P 3,8-14. 4,8-11) La justicia es hacer la voluntad del Padre, es estar dispuestos en hacer lo que es justo ante Dios, es vivir desde el cumplimiento de esta justicia (Cfr. Mt 5,6.10.20; 6,33; 21,32). Porque de ellos es el reino de los cielos: Es llegar a la plenitud en el amor de Dios, que es camino, es servicio, es presencia vivida en la comunidad de creyentes.
9.     Dichosos los que sufren persecución por causa del nombre de Jesús: (Cfr. 1P 4,14; Mt 5,46; 6,1; 10,42; 2Cro 36,16; Hec 7,52) Seguir a Jesús es causa de división, es propiciar cambios que afectan a otros. Es cambiar de actitud de vida, es convertirse y esto muchas veces, ofende a otros que intentan calumniar y destruir ya que su estructura de vida es diferente a la del seguidor de Jesús.
Jesús en la pedagogía de las bienaventuranzas hace viable el reino de Dios, lo coloca como itinerario de vida perfecta porque ya está presente y es una realidad palpable, siempre y cuando nos olvidemos de nosotros mismos para vivir en la ciudad de Dios, las Bienaventuranzas no reducen el futuro al juicio condenatorio del infierno, sino que nos conducen a la vida porque es un programa de vida en la pedagogía de la Cruz, en este itinerario de vida hay que dejar los apegos que nos embriagan con el vino de la idolatría, del dinero, de las personas, del poder, del odio y la venganza, de la violencia que es causa de división y discordia.
Las Bienaventuranzas son por tanto el programa de vida que Jesús ha hecho presente en la comunidad de los santos comunidad de discípulos-hermanos que viven la pascua eterna del Padre. Los apegos corresponden a la ciudad terrena porque nos olvidamos de Dios haciendo culto de la auto- idolatría reduciendo así el futuro al simple abandono de Dios y reduciendo la Ciudad santa donde Dios a un santuario de Piedra. Mientras que los Bienaventurados que han alcanzado la santidad en la pedagogía de la Cruz son los que se olvidan de sí y sus apegos para vivir en la ciudad de Dios.
En este aspecto, para profundizar nuestra vida como Bienaventurados San Agustín en su comentario sobre el sermón del monte, L I, 3-9.13 nos ilumina con reflexión:
Pero oigamos a aquel que dice:
1.     Felices los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Leemos que se ha escrito sobre el deseo de los bienes de la tierra: Todo es vanidad y presunción del espíritu; ahora bien, presunción del espíritu significa arrogancia y soberbia. El común de la gente dice que los soberbios poseen un gran espíritu ciertamente, y es porque también en algunos momentos al viento se le llama espíritu. Por esto, en la Escritura leemos: el fuego, granizo, nieve, hielo, espíritu de tempestad. ¿Quién podría ignorar que los soberbios son considerados inflados, como si estuviesen dilatados por el viento? De donde viene aquello del Apóstol: La ciencia hincha, la caridad edifica. También por esto en el texto bíblico son significados como pobres en el espíritu los humildes y aquellos que temen a Dios, es decir, los que no poseen un espíritu hinchado. Y no debía comenzar la bienaventuranza de otro modo, dado que debe llegar a conseguir la suma sabiduría. En efecto, el principio de la sabiduría es el temor del Señor, puesto que, por el contrario, está escrito que el principio de todo pecado es la soberbia. Por consiguiente, los soberbios apetezcan y amen los reinos de la tierra: Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
2.     Felices los humildes, porque poseerán la tierra por herencia. Creo que se alude a aquella tierra a la que se refieren los salmos: Tú eres mi esperanza, mi porción en la tierra de los vivientes. En efecto, simboliza una cierta solidaridad y estabilidad de la herencia perenne, porque en ella el alma, mediante un buen afecto, reposa como en su propio lugar, de la misma forma que el cuerpo sobre la tierra y de ahí toma su alimento como el cuerpo de la tierra. Ella misma es el descanso y la vida de los santos. Son humildes quienes ceden ante los atropellos de quienes son víctimas y no hacen resistencia a la ofensa, sino que vencen el mal con el bien. Litiguen, pues, los soberbios y luchen por los bienes de la tierra y del tiempo; no obstante, felices los humildes, porque tendrán como heredad la tierra, aquella de la cual no han podido ser expulsados.
3.     Felices los que lloran, porque ellos serán consolados. El luto es la tristeza por la pérdida de los seres queridos. Los convertidos a Dios pierden todo aquello a lo que estaban abrazados en este mundo; pues ya no se alegran con las cosas que se alegraban en otro tiempo y, mientras que no se produzca en ellos el amor de los bienes eternos, están doloridos de una cierta tristeza. Serán, pues, consolados por el Espíritu Santo, ya que especialmente por esto se le llama Paráclito, es decir Consolador, a fin de que, dejando las cosas temporales, se gocen en las eternas alegrías.
4.     Felices los que tienen hambre y sed de la justicia, porque serán saciados. Se refiere aquí a los amadores del bien verdadero y eterno. Serán, pues, saciados de aquella comida de la que dijo el Señor: Mi comida es hacer la voluntad de mi Padre, que es la justicia, y de aquella agua de la cual quien beba, como Él mismo dice, se convertirá en él en fuente de agua que salta hacia la vida eterna
5.     Felices los misericordiosos, porque de ellos se hará misericordia. Llama felices a los que socorren a los infelices, porque a ellos se les dará como contrapartida al ser librados de la infelicidad.
6.     Felices los que tiene un corazón limpio, porque ellos verán a Dios. Son insensatos los que buscan a Dios con los ojos del cuerpo, dado que se le ve con el corazón, como está escrito en otro lugar: Buscadlo con sencillez de corazón. Un corazón limpio es un corazón sencillo. Y como esta luz del día solo puede ser vista con ojos limpios, así no se puede ver a Dios si no está limpia la facultad con la cual puede ser visto.
7.     Felices los hacedores de paz, porque se llamarán los hijos de Dios. La perfección está en la paz, donde no hay oposición alguna; y, por tanto, son hijos de Dios los pacíficos, porque nada en ellos resiste a Dios; pues, en verdad, los hijos deben tener la semejanza del Padre. Son hacedores de paz en ellos mismos los que, ordenando y sometiendo toda la actividad del alma a la razón, es decir a la mente y a la conciencia, y dominando todos los impulsos sensuales, llegan a ser Reino de Dios, en el cual de tal forma están todas las cosas ordenadas, que aquello que es más principal y excelso en el hombre, mande sobre cualquier otro impulso común a hombres y animales, y lo que sobresale en el hombre, es decir la razón y la mente, se someta a lo mejor, que es la misma verdad, el Unigénito del Hijo de Dios. Pues nadie puede mandar a lo inferior si él mismo no se somete a lo que es superior a él.
Esta es la paz que se da en la tierra a los hombres de buena voluntad, es la vida dada al sabio en el culmen de su perfección. De este mismo reino tranquilo y ordenado ha sido echado fuera el príncipe de este mundo, que es quien domina a los perversos y desordenados. Establecida y afianzada esta paz interior, sea cual fuere el tipo de persecución que promueva quien ha sido echado fuera, crece la gloria que es según Dios; y no podrá derribar parte alguna de aquel edificio y con la ineficacia o impotencia de las propias máquinas de la guerra, significa la gran solidez con que está estructurada desde el interior. Por esto continúa: Felices aquellos que sufren persecución por ser honestos, porque de ellos es el reino de los cielos.
8.     Seréis felices, continúa, cuando os insulten y os persigan y, mintiendo, dijeren toda clase de maldades contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque será grande vuestra recompensa en los cielos. Cualquiera que busque en el nombre de cristiano la gloria de este mundo y la abundancia de los bienes de la tierra, advierta que nuestra felicidad está en el interior, como se dice del alma de la Iglesia con las palabras del profeta: toda la belleza de la hija del rey está en el interior. Pues desde el exterior se prometen injurias, persecuciones, difamaciones, por las cuales será grande la recompensa en los cielos, la cual se percibe en el corazón de los que sufren, de los cuales se ha podido decir: nos gloriamos en los sufrimientos, ya que sabemos que los sufrimientos producen paciencia, y la paciencia es una virtud puesta a prueba y la virtud probada produce la esperanza; y la esperanza no defrauda, ya que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado.
En efecto, no es suficiente sufrir estos males para recoger el fruto, sino que hace falta soportarlos por el nombre de Cristo, y no solo con ánimo tranquilo, sino incluso hasta con alegría. En efecto, muchos herejes, bajo el nombre de cristianos, conducen a error a las almas, soportan muchos de estos sufrimientos, pero son excluidos de tales recompensas, ya que no solo ha sido dicho: felices los que sufren persecuciones, sino que se ha añadido: por la justicia. Pues donde no hay una recta fe, no puede haber justicia, ya que el hombre justo vive de la fe. Ni tampoco los cismáticos presuman de obtener tal recompensa, dado que no es posible que se dé honestidad donde no hay caridad. En efecto, el amor al prójimo no hace el mal; pues si lo tuvieran, no hubieran desgarrado el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia[1].

[1] San Agustín Sermón del monte Libro I, 3-9. 13.

martes, marzo 14, 2017


APOCALIPSIS XVIX

LA NUEVA CREACIÓN  II

Cielo Nuevo y Tierra Nueva (Ap 21,1)

La primera creación (Cfr. Gn 1-2) perdió su horizonte paradisíaco, quiso estar sin Dios, se hizo así misma imperfecta por el pecado (Cfr. Gn 3,15) Pero ahora en esta nueva etapa de la historia busca la perfección y salir de la imperfección de la muerte a través de la vida en el acontecimiento de Jesús: Muerte y Resurrección que lleva lo creado a ser perfecto nuevamente por que todo fue creado por Él y para Él: “Por medio de Él, Dios hizo todas las cosas; nada de lo que existe fue hecho sin Él. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad. Esta luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no han podido apagarla” (Jn 1,3-5).
En Cristo la creación se perfecciona, él le da la plenitud a todo lo creado porque sin él nada de lo que existe fue creado. La creación tiene su principio en él y llegara a su fin en él: “En él Dios creó todo lo que hay en el cielo y en la tierra, tanto lo visible como lo invisible, así como los seres espirituales que tienen dominio, autoridad y poder. Todo fue creado por medio de él y para él. Cristo existe antes que todas las cosas, y por él se mantiene todo en el orden” (Col 1,16-17; Cfr. Rm 11,36).
Este es el principio teológico que reflexionamos: La antigua creación ha pasado y ahora se hace visible la nueva creación: “Un cielo nuevo y una tierra nueva” (Is 65,17; 66,22; 2P 3,13) Ya que no se recordará el primer cielo, ni la primera tierra (Cfr. Gn 1-2) porque han dejado de existir (Cfr. Ap 20,11; 21,1) y también el mar – el mar como símbolo del caos (Cfr. Gn 1-2) y del poder, estas fuerzas malignas se opone a Dios porque del mar surge el monstruo (Cfr. Ap 13) que tenía nombres ofensivos contra Dios y blasfemaba contra los Santos del Señor.

El cielo nuevo y la tierra nueva es el paraíso prometido a los desterrados, es la promesa antigua hecha a los que dejaron un día el Edén por sus pecados. Estas promesas ahora son acogidas entre todas las naciones para formar el nuevo pueblo de Dios, en su propia tierra -en la tierra-, y en su propio cielo -en el cielo de Dios-: “Los recogeré por las naciones, los reuniré de todos los países y los llevaré a su tierra. Los rociaré con agua pura que los purificará de todas sus inmundicias e idolatrías los he de purificar. Les dará un corazón nuevo y les infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Les infundiré mi espíritu y haré que caminen según mis preceptos y que cumplan mis mandatos poniéndola por obra” (Ez 36,24-27; 37,21; - Ez 34,13-; Jr 32,37; Is 66,18).

Los desterrados del Edén por el pecado, ahora son rescatados por Cristo para ser ciudadanos del reino: “En cambio, nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde anhelamos recibir al Salvador, el Señor Jesucristo” (Fil 3,20) Allí habitarán los “desterrados hijos de Eva” porque esperaran habitar en la casa del Señor: “Una cosa he pedido al Señor, y eso buscaré: Que habite yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor y para meditar en su templo” (Sal 27,4) Como habitantes del cielo, nuestro destierro quedará en el pasado, no será recordado, miraremos hacia el futuro: Creando el presente, recreando el futuro, lo haremos porque participaremos de la nueva creación hechura de Dios, seremos creaturas nuevas de un barro nuevo moldeados por las manos del Señor; Él cuidará de nosotros, seremos sus criaturas en su seno maternal, hijos de sus entrañas, todo será nuevo: “Como el cielo nuevo y la tierra nueva, que voy a hacer, durará ante mí… Así durará su descendencia y el nombre de ustedes” (Is 66,22).

Seremos el nuevo pueblo, el pueblo de la nueva Alianza, el pueblo que habita y vive en el nuevo paraíso, el paraíso del reino, lo antiguo, lo que fue dañado, por el pecado y la muerte ya no será recordados, han sido vencidas; el gozo se dará ahora en el Kayrós de Dios entre las nuevas criaturas que son parte de la nueva creación, allí todos seremos transformados, no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, allí los hijos de Eva gozarán de la patria eterna- La Pascua del domingo sin ocaso- Los hijos de la nueva alianza, no serán más, los hijos desterrados, porque Dios ha creado una morada para estas nuevas criaturas, todo será nuevo, porque viviremos gozosos la esperanza salvífica en la dicha del Señor (Cfr. Is 65,17-20).

La nueva Jerusalén (Ap 21,2-4)
Este es un tema bien estudiado, hay mucha literatura que hace referencia a la nueva Jerusalén; desde Isaías hasta nuestro tiempo, Jerusalén siempre ha sido vista desde la conquista de David (Cfr. 2S 5,6-9; 1Cro 11,4-9; Sal 2,6) como la ciudad de Dios, la ciudad de la paz. También se ha llamado la ciudad de David. Ella ha sido el prototipo de ciudad santa, por eso la Iglesia institucional tiende peregrina a ella y la llama la Jerusalén celeste; en cambio la iglesia de Jesucristo la ve como un lugar teológico hacia donde se va peregrinando para vivir la pascua eterna – Y la llama - ciudad de Dios.

La nueva Jerusalén es un referente clave para el pueblo del destierro, ellos la tienen como meta, y al igual que la Iglesia institucional, sienten nostalgia de ella; ellos abrigaron la esperanza de volver a vivir allí en la ciudad de David y no pudieron olvidarla, en el destierro de Babilonia cantaban:
Sentados junto a los ríos de Babilonia, llorábamos al acordarnos de Sión… ¿Cantar nosotros canciones del Señor en tierra extraña? ¡Si llego a olvidarte, Jerusalén, que se me seque la mano derecha! ¡Qué se me pegue la lengua al paladar, si no me acuerdo de ti, si no te pongo, Jerusalén, por encima de mi propia alegría! (Sal 137,1.4-6).

Jerusalén es el horizonte teológico hacia donde mira el nuevo pueblo de Dios, porque ha hecho memoria de lo que vivieron sus antepasados y nosotros como herederos de esta nostalgia teológica recreamos la gran ciudad del pasado, la recreamos en el presente y la recreamos para vivir la utopía del futuro en la ciudad de Dios, en donde estará el nombre de Dios: “En ella grabará el nombre de mi Dios y el nombre de la ciudad de Dios, de la nueva Jerusalén que baja del cielo desde mi Dios, y mi nombre nuevo” (Ap 3,12b) Esta ciudad de Dios, es libre de hijos libres para los libres que la ven como la ciudad madre (Cfr. Gal 4,26), como ciudad de Dios (Cfr. Heb 12,22) en ella van peregrinos los que llevan el nombre del Señor para participar de la primera resurrección vivida en la ciudad de Dios (Cfr. Os 6,8; Is 60 14; 62,12).
La imagen de Jerusalén como ciudad teológica es la manifestación de la vida futura de la comunidad del Resucitado, comunidad escatológica de la esperanza de la resurrección en la ciudad amada (Cfr. Ap 20,9) Jerusalén es imagen simbólica de la comunidad cristiana, donde habitarán los santos del Señor, por eso es imagen de santidad - “Ciudad Santa” – (Is 48,2; 52,1; 66,2; Neh 11,1.18; Jl 4,17; Tob 13,10; Eclo 36,12; 49,6; Dn 9,24; 1Mac 2,7; 2Mac 3,1; Mt 4,5; 27,53; Ap 11,2; 21,2.10; 22,19).

La ciudad nueva, baja del cielo (Cfr. Ap 21,2) Es una imagen original del Apocalipsis, que la coloca no como morada final de la historia humana -el final de los tiempos-, sino como el fin al que tendemos peregrinos (Cfr. Ap 3,12b) porque el vidente no la coloca bajando en el futuro sino en el presente continuo, es decir siempre está descendiendo (Cfr. Ap 3,12b; 21,2.10) porque proviene de la voluntad de Dios; ella no es llamada Jerusalén terrestre, como la describe el Antiguo Testamento, sino celestial y es nueva porque baja de Dios; no es la ciudad política de la historia israelitica, sino ciudad Celestial, la ciudad santa de Dios.

Al respecto de la ciudad de Dios, la ciudad santa, Ariel Álvarez plantea lo siguiente:

Una larga tradición judía, iniciada en el siglo II a.c, con la corriente apocalíptica, pero con raíces más antiguas, postulaba ya la idea de una nueva Jerusalén, preparada en el cielo, y destinada a reemplazar a la actual Jerusalén terrestre. Con diversos matices y con evoluciones, esta tradición se puede encontrar en el 1Hen 9,28-29; Sal 17,29-31, TesDan 5,10-31; 4Esd 9,38-10,59; 2Bar 4,2-7) También aparece en los rollos de Qumram. El vidente de Patmos, pues, se inscribe en esta misma corriente de pensamiento; no renuncia a la larga tradición escatológica sobre una nueva ciudad que se esperaba para el fin de los tiempos; sinembargo su concepción no coincide con la idea judeo-apocalíptica de la nueva Jerusalén[1].

El autor del Apocalipsis recoge la tradición judeo-apocalíptica, pero le da un sentido distinto pasando de lo terreno, la ciudad capital de Israel a la Ciudad Santa, la Jerusalén de Dios. De la ciudad terrena política a la ciudad teológica-escatológica, lugar donde habitarán los hijos, que han sido testigos en la Iglesia de Jesucristo.
La ciudad escatológica será engalanada para el encuentro con su amado (Cfr. Ct 4,1-16) tendrá el traje de bodas, el traje de fiesta, porque ya no volverá a ser profanada, por la idolatría, ni por los depravados, ni por los mentirosos (Ap 21,27) Sino que ahora estará de fiesta para el gran encuentro, encuentro definitivo con su Señor: ¡Despierta, despierta, vístete de tu fuerza, Sion: ¡Vístete el traje de gala, Jerusalén, Santa Ciudad! Porque no volverán a entrar en ti incircuncisos ni impuros (Is 52,1; Cfr. Is 61,10; Ap 19,7-8).

La ciudad de Dios será el lugar escogido para que habiten los ciudadanos del reino, así lo proclama la voz que sale del Trono: “Aquí está el lugar donde Dios vive con los hombres vivirá con ellos, y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios” (Ap 21,3b) En esta ciudad se recrea la presencia de Dios en medio de su pueblo haciendo memoria de la tienda del encuentro que simboliza la ciudad santa, allí Dios está inserto en la historia de su pueblo (Cfr. Ex 40) Y Juan lo  describe en el Evangelio como la encarnación de la Palabra que ha puesto su morada entre nosotros (Cfr. Jn 1,14).
Para la tradición bíblica tanto Veterotestamentaria como en el Nuevo testamento, Dios coloca su morada entre nosotros, hace parte de la historia humana y vive en ella, es decir, Dios cohabita entre nosotros participando en nuestro entorno vital; Dios no se aparta de su pueblo y coloca su casa entre nosotros por medio de su Hijo Jesucristo. Jesús recrea esta morada entre nosotros porque al igual que el pueblo de la Antigua Alianza, Dios hace una Alianza Nueva con nosotros, Él es el Dios de las Alianzas que habita entre sus hijos:

Habitaré en la tierra que les di…Allí vivieron para siempre…Haré con ellos una alianza de paz, alianza eterna pactaré con ellos. Los estableceré y pondré entre ellos mi santuario para siempre; tendré mi morada junto a ellos, Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo (Ez 37,25-27; Cfr. Jr 30,31-32; Lv 26,11-12).
En este nuevo pueblo, en esta nueva ciudad que baja de lo alto, Dios estará presente como su Dios y reinará para siempre (Cfr. Ap 21,3; Cfr. Is 7,4; Jr 11,4; 30,21-22; Ez 36,28; Zc 8,8; Tob 13, 17-18).

En esta nueva etapa de la vida, en la ciudad santa de Dios pasará lo siguiente:
      -        Secará toda lágrima (Cfr. Ap 7,17).
-        No habrá muerte: “Y aniquilará la muerte para siempre. El Señor enjugará las lágrimas de todos nosotros” (Is 25,8a; Cfr. 1Cor 15,25-26. 54-55).
-        No habrá ni llanto, ni lamento, ni dolor: “Me alegraré de Jerusalén y me gozaré de mi pueblo, y ya no oirán en ella gemidos ni llantos (Is 65,19; Cfr. Is 35,10).
Ahora, es el tiempo de Dios, es su Kayrós, todo se realizará en plenitud, ya la desgracia de la persecución ha pasado. En el tiempo de Dios, el futuro está abierto, es el futuro salvífico; la muerte ha sido derrotada, el llanto y el dolor y el lamento son cosas del pasado, ya no se darán, Dios ha renovado todo: “Porque todo lo que antes existía ha dejado de existir” (Ap 21,4; Cfr. Ap 21,1; Is 65,17) Todos es nuevo, la novedad de Dios ha comenzado a reinar en Cristo Resucitado, Él ha propiciado la nueva creación, la nueva alianza, nada ha quedado al azar, todo ha sido renovado desde la pedagogía de la Cruz.
La pedagogía de la Cruz, es la esperanza del futuro, el futuro no lo podemos medir por la suerte, sino desde la vida que brota en la cruz; dejar de vivir la experiencia de la Cruz es alejarnos del definitivamente del Padre sin Él caemos en la confusión de la fe, sin permitir el encuentro pascual con Jesucristo, sería perder la esperanza en la salvación. Participar del encuentro es participar de la esperanza realizada en la utopía del Reino de Dios; la esperanza realizada es exigencia de renunciar a todo intento de idolatría, es asumir la pedagogía del encuentro en Jesús Muerto y Resucitado, es pascualizar la vida.
El proceso de pascualizar la vida ha comenzado “Ya”, en la pedagogía del encuentro, que es la esperanza de los que viven la arrasadora utopía el amor, no el amor sentimentaloide con el que hemos confundido nuestras relaciones interpersonales y las relaciones con Dios, sino del amor que nace de las entrañas de Dios y de su pueblo, el amor a Dios no es entendido como asunto de suerte de los amados, fundidos en la confusión del destino, pronosticado por los chamanistas de las cartas y adivinaciones; porque el amor de Dios está en la vida pascual, no depende del azar sino de la pedagogía, por lo tanto, la Cruz es nuestra pedagogía para asumir la realidad del futuro esperanzador, sin reduccionismos piadosos, sino con la lección aprendida: Dios, ha resucitado a su Hijo para nuestra salvación; Dios, no ha resucitado a su Hijo, para nuestra condena.

[1] ALVAREZ Valdez, Ariel. La nueva Jerusalén, ¿Ciudad celeste o ciudad terrestre? Estudio exegético y teológico de Apocalipsis 21,1-8.Pamplona 2005. Ed verbo divino. Pag, 78-79.