jueves, agosto 27, 2009

AGUSTIN HOMBRE ORANTE

La relación intima de Jesús con el Padre fue lo que sedujo a San Agustín en su búsqueda constante del amor primero Cristo: “La oración que no se hace a través de Cristo, no solo no puede borrar el pecado, sino que ella misma es pecado” (In ps. 108,9), no contribuye a la construcción del hombre como gracia, como Imagen y semejanza de Dios, el hombre que no coloca toda su vida en las manos del Señor no puede llamarse cristiano. Agustín comprendió este llamado de Dios. Agustín el eterno buscador de la verdad, que tenía como meta amar y ser feliz en el desierto de su vida, descubre en un alto de su caminada que Dios es la tierra prometida. Dios se le había atravesado en su camino, empezaba a descubrir el gozo de la intimidad en el itinerario de su proyecto, era necesario despojarse el corazón tirano del amor egoísta, romper las cadenas del pasado y rendirse ante la voz de la propia conciencia: “Me hallaba aturdido. Caí derrumbado a los pies de una higuera. No recuerdo los detalles del como. Solté las riendas de mis lágrimas y se desbordaron los ríos de mis ojos. ¿Hasta cuándo voy a seguir diciendo mañana, mañana? ¿Por qué no ahora mismo? ¿Por qué no poner fin ahora mismo a mis torpezas? Decía estas cosas y lloraba con amarguísima contrición mi corazón. De repente oigo una voz procedente de la casa vecina, una voz no se si de un niño o de una niña que decía cantando: “¡Toma y lee! ¡Toma y lee!” En ese momento con el semblante alterado...abrí la Biblia y leí el primer capítulo que encontré (Rm 13,13-14)” (Cf. L.VIII, 12; 28-30) Este impacto de Agustín, lo llevó a una profunda lucha interior, entre su vida pasada y su vida presente, lo que lo motivó a cambiar el horizonte de su búsqueda, Dios estaba allí presente lo que tanto había buscado en otros caminos estaba allí frente a él:
¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan suave, tarde te amé! El caso es que tu estabas dentro de mí y yo fuera. Y fuera te andaba buscando y, feo como estaba me, echaba sobre la belleza de tus criaturas. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me tenían prisionero lejos de ti aquellas cosas que si no existieran en Ti serían inexistentes. Me llamaste, me gritaste y rompiste mi sordera. Brillaste, y tu resplandor hizo desaparecer mi ceguera. Exhalaste tus perfumes y respiré hondo, suspiro por Ti. Te he saboreado, y me muero de hambre y de sed. Me has tocado, ardo en deseo de tu paz. (Conf. L. X,27,38) Esta tranquilidad que le produce el encuentro con Dios, es lo que Agustín llama Paz, es decir la tranquilidad del orden (De Civ. Dei. Cap. XIII), la paz interior incluye un equilibrio en el que participa todo el ser, el centro de este equilibrio es Dios, quien en el silencio del hombre le hace descubrir su amor, el amor es el fundamento de la relación dialogante entre la humanidad y Dios, esto es lo que Agustín concibe como Oración, la tranquilidad en el equilibrio del amor. Ni un amor tan humano ni un amor tan divino, ni humano que aleje a Dios, ni divino que aleje al hombre: “Dos amores fundaron dos ciudades. El amor propio hasta el desprecio de Dios fundó la ciudad terrena. Y el amor de Dios hasta el desprecio de si mismo fundó la ciudad celestial. La primera se gloría en si misma y la segunda en Dios. Porque aquella busca la gloria de los hombres, y esta tiene por máxima gloria a Dios, testigo de su conciencia” (De civ. Dei. Cap. XIII) Por esta razón la oración para Agustín no puede nacer de los deseos humanos, sino del mismo amor de Dios que es la tendencia a recuperar el amor primero, la herencia perdida, por el amor propio hasta el olvido de Dios. Para llegar el encuentro definitivo con el Padre, cuando nuestro corazón descanse en la tranquilidad de su presencia: “Grande eres, Señor, y muy digno de alabanza; grande es nuestro Señor, todo lo puede, nadie puede medir su inteligencia. Y se atreve alabarte el ser humano, parte insignificante de tu creación, precisamente el ser humano que lleva alrededor suyo la mortalidad, que lleva a flor de piel la marca de su pecado y el testimonio de que Tú resistes a los orgullosos. Sin embargo, se atreve a alabarte un hombre, parte insignificante de tu creación. Y Tú mismo eres quien lo estimulas para que encuentre deleite en alabarte, porque nos has creado orientados hacia Ti, y nuestro corazón estará intranquilo hasta que descanse en Ti” (Conf. 1,1) Agustín es considerado por este vuelco que le dio a su vida como el “Padre de la Plegaria”, él después de convertido hizo de su vida una oración, el libro de las confesiones es una plegaria al Dios de la vida, es la plegaria de un pecador arrepentido que busca la tranquilidad en los brazos del Padre. Es el hijo arrepentido de haber tirado su herencia en los placeres de la vida, es el hijo que regresa al hogar paterno (Lc 15,11-35) En la casa paterna Agustín procura no distanciarse más de la casa del padre, coloca su horizonte hacia el Padre, allí reposa en las aguas tranquilas de la fuente de la salvación (Sal 23). La búsqueda de la gloria terrena ha terminado, la ciudad de los hombres ya no es el horizonte que adormece a Agustín, su intranquilidad ha terminado: “Recibe, Señor, el sacrificio de mis confesiones hechas a través de mi lengua, que Tú modelaste y estimulaste para confesar tu nombre, sana todos mis huesos” (Conf. L.V,1,1) Empieza en Agustín una nueva etapa de su vida la ciudad celeste llena todo su encanto y sus ilusiones, el Hijo se ha hecho presente con su pecado hecho oración, el horizonte se abre en plenitud, el camino emprendido es el camino del amor hecho oración: “Que mi alma te alabe para amarte, y que confiese tus misericordias para alabarte. No cesan ni callan tus alabanzas las criaturas todas del universo, ni todos los espíritus con su boca vuelta hacia Ti, ni los seres animados e inanimados por boca de quienes lo contemplan” (Conf. L.V.11) Agustín, camino a la santidad La vida orante del obispo de Hipona es un peregrinar hacia la santidad; el orante se encuentra en la intimidad con Dios, que es el eternamente Santo y quien nos invita a la santidad como meta no acabada de este peregrinar Agustín lo comprendió después de convertido. De la misma manera que la propuesta pedagógica de Jesús sobre la oración es que los discípulos se encuentren con el Padre; Agustín propone para sus amigos un itinerario hacia la santidad[1]: -Ver a Dios, este es nuestro gran deseo, somos su imagen, y la imagen no está confoeme hasta que no se identifica con el Padre de su imagen. -Ansia de ser mejores, El deseo de asemejarnos más y más a Dios despierta un ansia de ser mejores, piadosos[2], fieles, instruidos y seguros en los caminos del aprovechamiento espiritual. -Sin angustias, mientras peregrinamos al Padre, convencidos que somos hijos. No debemos sufrir de angustia, pensando en el día del encuentro definitivo con el Padre. Tenemos más bien que darnos cuenta de que aún somos niños para contemplarlo. Somos demasiados niños para comprender con profundidad, lo que quiere decir ser hijos del Padre. -El Padre y el Hijo, a este Padre únicamente lo conoce bien, en profundidad, su Hijo Jesucristo y a la vez, solo es bien conocido por su padre Dios. -Los pequeños del evangelio. Para conocer al Padre como Jesús lo conoce, tenemos un solo camino Jesús. Y solo puede conocer a Dios solo a quien Cristo le ha dado esta gracia, esa caricia por los que somos constituidos los pequeños del Evangelio. Todo nuestro esfuerzo debe estar encaminado a la conquista de esa grande pequeñez, es decir, no nacer de nosotros sino de Dios que es Padre y Madre de todos los pequeños que quieren se grandes. Dispuesto a esta conquista asumimos los rasgos de Jesús, el Hijo grande que se hizo pequeñito por nosotros, para hacernos comprender la dimensión de ser pequeños según el evangelio. -Esta comprensión viene de Padre. El conocimiento de Jesús, que se ha hecho pequeño por nosotros, nos lo da el Padre. Se sobre entiende que no hay Padre sin el Hijo, ni Hijo sin el Padre, en nuestra experiencia no podemos entenderlo a ambos sin la ayuda del Espíritu del Padre y del Hijo que nos comunica que es eso de ser pequeños y nos guía para entender esa nueva dimensión en nuestro caminar hacia el Padre[3]. Todo este caminar, nos hace decir con Pedro: “Tú eres el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16) La criatura ha encontrado a su criador, a su Padre, a su santificador, ya que no solo nos basta haber sido separados para Dios, sino ser Hijos de Dios, hijo santo del tres veces santo. Esta propuesta agustiniana tiene sentido cuando vivimos esta santidad en sintonía de comunidad con la alegría de la presencia gozosa del Dios de la vida: “Conocedor mío, que yo te conozca como tú me conoces. Dinamismo de mi vida entra en ella, inmolada a ti, para mantenerla sin mancha ni arruga. Esta es mi esperanza, por eso hablo. En esta esperanza fundo mi alegría cuando mi alegría es sana. El resto de los bienes de esta vida son tanto menos merecedores de nuestras lágrimas cuanto más se les llora, y tanto más dignos de que se les llore cuanto menos les lloramos. He aquí que tú amaste la verdad. Y puesto que el que camina en la verdad busca la luz, yo quiero obrarla en mi corazón: delante de ti en mi confesión y mediante este escrito mío en presencia de numerosos testigos” (Cf. L.X,1) Agustín hacia la perfecta vida común Pensar y sentir, vivir y actuar en plena vida comunitaria, que es una permanente comunión de vida y acción que lleva consigo comunicabilidad y participación, expresado en el partir, repartir y compartirlo todo, es comunión de corazones, que están enraizados y unidos en la caridad de Cristo. Tan perfecta quería San Agustín la vida comunitaria, que coloca como modelo la de la Santísima Trinidad, la cual nos lleva hacia un amor común y social, esta es una de las características especificas y definitiva de nuestro carisma agustiniano: “Y esto ha de ser de tal modo que ninguno trabaje en nada para sí mismo, sino que todos sus trabajos se realicen para el bien de la Comunidad, con mayor cuidado y prontitud de ánimo que si cada uno lo hiciera para sí. Porque la caridad, de la cual está escrito que no busca los propios intereses (1 Co. 15,5), se entiende así: que antepone las cosas las cosas de la comunidad a las propias y no las propias a las comunes. Por lo tanto conocerán que han adelantado en la perfección tanto más, cuanto mejor cuiden lo que es común que lo que es propio; de tal modo que en todas las cosas que utiliza la necesidad transitoria sobresalga la caridad (1Co 12,31;13,13) , que permanece”. (R. V,31) Agustín hacia cultivo de la Interioridad Es ir profundizando todo lo que se ha ido encontrando en la búsqueda constante de Dios: “Los hombres salen a hacer turismo para admirar las crestas de los montes, el oleaje proceloso de los mares, el fácil y copioso curso de los ríos, las revoluciones y los giros de los astros. Y, sin embargo, se pasan de largo así mismos. No hacen turismo interior”. (Conf. 10,8) - Ir rumiando en el silencio, en el recogimiento interior, en la contemplación, que se han ido adquiriendo en esta búsqueda de Dios. - En escuchar atentamente al Maestro interior, que nos habla al corazón y nos instruye suavemente. - En adquirir una conciencia cada día más clara y experimental de su presencia viva y real en nosotros. - En cultivar un dialogo ininterrumpido con las tres divinas personas, que se han dignado establecer su morada en nosotros, hasta llegar al verdadero encuentro, es decir, a encontrar y a encontrarse con Dios allá en lo más hondo del corazón, para esto es necesario recurrir constantetmente a tiempo y a destiemopos a las Sagradas Escrituras.
[1] Luis Nos Muro. La oración del y a destiempo a las Sagradas escrituras”.Padre Nuestro según san Agustín. San Pablo. Madrid 1998. p.46-47. [2] La piedad no se puede entender como un pietismo, exclusivo, sino como una expresión de la oración. [3] Luis Nos Muro. La oración del Padre..Op.cit.

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